Opinión

El mundo al revés

 
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Fidel Castro

Sembrado de incertidumbre, el camino mexicano hacia la nueva globalización es todo lo que se quiera, menos unívoco. Cualquier cosa menos plano, entendible o transparente, es en lo que se ha trocado el sistema político económico global que debería ordenar el comercio, las relaciones entre los poderes, los flujos de capital que dan sentido al sistema transnacional de Estados que emergiera de la Segunda Guerra y los acuerdos de Bretton Woods buscaran convertir en orden planetario.

En aquellos años, las potencias que formarían Occidente como artilugio ideológico para contender en la Guerra Fría pensaban que con una progresiva y administrada apertura del comercio mundial y la gestoría del Banco Mundial y el Fondo Monetario Mundial, el globo recuperaría alguna forma de racionalidad para enfrentar y derrotar al nuevo enemigo, que se volvería 'eje del mal' según la retórica del presidente Reagan, y que en efecto se desplomaría, haría 'implosión' según la expresión sajona, una vez derruido el Muro de Berlín y convertida la URSS en mecano indescifrable, incapaz de articular la vuelta pacífica al capitalismo que pregonaban las revoluciones de terciopelo de aquellos años.

La URSS devino en una belicosa y prepotente Rusia, carcomida por sus antiguos súbditos apegados al terror asesino o al chantaje con las coqueterías de Occidente, en tanto China se volvía dragón rugiente aspirante a la hegemonía económica mundial y, ahora, pretendido campeón del libre comercio y aspirante a gran conductor del globo hacía, ahora sí, un nuevo orden. Diferente en mucho, opuesto en casi todo, al que el presidente Bush presumiera al terminar la primera Guerra del Golfo ante la gran coalición formada a su conjuro para derrotar y poner quieto a Saddam. Luego vendría la hecatombe y el fin de un mundo de por sí frágil pero lleno de petróleo, condicionamientos enraizados y gente decidida a morir por la causa o el cielo prometido.

La Gran Recesión de 2008 cedió el paso a una lenta recuperación de Estados Unidos y a una gigantesca impostura en Europa, cuyos poderes y no pocos ciudadanos interiorizaron el miedo a la deuda para volverlo fetiche demoledor de toda iniciativa dirigida a auspiciar una recuperación sostenida y portadora de buenas nuevas. Y henos aquí, con la derecha ululante aposentada en la Casa Blanca y el mundo puesto de cabeza: ahora quienes pregonan el proteccionismo más corrosivo son los nuevos dirigentes de Estados Unidos, supuestamente para complacer al proletariado más herido por la globalización, y los que se presentan como los nuevos campeones del libre comercio son los gobernantes chinos, quienes ofrecen urbi et orbi una nueva generación de acuerdos y tratados comerciales.

El expresidente Salinas se acoge a Fidel Castro y pregona que quienes se opongan al libre comercio se opondrían a la Ley de la Gravedad. Omite o soslaya que si no hubiera quien buscara darle la vuelta a Newton no habría aviones en el cielo ni drones a la orden. Es decir, que el libre comercio con sus tratados y parafernalia de compañía son y han sido siempre construcciones sociales y políticas, constructos dicen los científicos, que no devienen de ley natural alguna y siempre son susceptibles de revisión, denuncia, ampliación y hasta 'modernización' como ha insistido el presidente Peña que es lo que está en juego.

No sé si es eso lo que está en el aire, entre otras cosas, porque el término ha servido para todas las causas: de eso se trató la colonización de India o la Guerra de Vietnam, la abrupta neocolonización de África o nuestra propia 'Gran Transformación' en pos de una globalización que nos llevara pronto al Primer Mundo. Pero no es, me parece, una buena guía para la acción en estas vísperas temblorosas y tenebrosas, del arribo de Trump al poder.

En vez de apostar puerilmente a un pragmatismo taumatúrgico que se apoderaría del nuevo gobierno americano, se impone buscar e imaginar nuevos arreglos con las transnacionales ya instaladas en México, mientras refuncionalizamos nuestros sistemas de capacitación y formación de ingenieros y técnicos y empezamos la larga marcha de rehabilitación de la política y la estructura laboral inicuas que hoy padecemos. Con política y acuerdos para estar y seguir en la globalización y contribuir a renovarla o hacerla de nuevo, podríamos aspirar no a entrar al Primer Mundo cuanto antes, pero sí a dejar atrás la ventaja competitiva que nos ha vuelto célebres en el mundo del comercio y la inversión, pero impresentables en el de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales. Dignificar el trabajo y el salario tendría que ser visto y entendido como una condición sine qua non para recuperar la política económica en general y empezar a ejercer sin miedo el derecho al desarrollo.

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