Opinión

El monumento contemporáneo

    
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Estela de Luz

“Un monumento debe vivir la vida social y política de la ciudad y la ciudad debe vivir en él. Debe ser dinámico y necesario, sólo entonces será moderno”.

Nikolai Punin (1888-1953), historiador y crítico de arte ruso.


Rosalind Krauss, en su célebre ensayo La escultura en el campo expandido, pone de manifiesto la lógica del monumento, que responde a una necesidad representativa y conmemorativa. El monumento siempre estará en relación directa con el lugar donde se sitúa, con personajes específicos y con un tiempo histórico determinado. Estas edificaciones entablan diálogos espaciales con la memoria colectiva para la recuperación del pasado, simbolizan triunfos, victorias, revoluciones o nuevas utopías, y las vidas que se perdieron en terribles eventos.

Los monumentos contemporáneos son siempre controversiales, porque después de la Segunda Guerra Mundial los métodos de representación del arte cambiaron drásticamente; los lenguajes abstractos ganaron terreno a las formas clásicas naturalistas. Y como los monumentos tienen un compromiso con la comunidad, pueblos y ciudadanos, es complicado unificar estéticamente una idea para la aceptación popular. Sin embargo, los estilos abstractos y geométricos han sido las estrategias más recurrentes para la construcción de monumentos modernos.

En Târgu Jiu, Rumania, se construyó La Columna sin fin, creada por Constantin Brancusi en 1938, en memoria de los jóvenes rumanos muertos en la Primera Guerra Mundial. Es una columna, a manera de obelisco de casi 30 metros de altura, con cuerpo poliédrico que trata de emular ciertas urnas funerarias rumanas. Esta pieza que deambula entre la escultura, el arte monumental y público, es de los primeros monumentos abstractos que causó polémica por su construcción, y casi es destruido por el régimen comunista que lo criticaba de arte burgués.

La abstracción geométrica, además de aportar una neutralidad estética, también anula las referencias y simbolismos inmediatos. Como el emotivo Holocaust Memorial en Berlín, Alemania, del arquitecto Peter Eisenmann, que fue construido entre 2003-2005 para conmemorar 60 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, en un área de 19 mil metros cuadrados . Consta de 2 mil 711 estelas rectangulares de concreto que representan las víctimas judías del Holocausto. Las estelas tienen unas dimensiones de 2.38 metros de largo, 0.95 metros de ancho, y varían en cuanto a su altura, desde los 2 a los 4.8 metros. Eisenmann buscaba producir una sensación de confusión y desconcierto, aunque la simetría de las estelas nos recuerda un cementerio, el monumento nos presenta un sistema organizado que ha perdido la relación con lo humano.

Impone y su escala absorbe. El crítico arquitectónico Nicolai Ouroussoff describió que el Holocaust Memorial “es capaz de transmitir la magnitud de los horrores del Holocausto sin engancharse al sentimentalismo; muestra cómo la abstracción puede ser la herramienta más poderosa para la transmisión de las complejidades de la emoción humana”.
Por supuesto, de los monumentos más recientes está el National September 11 Memorial, en Nueva York, Estados Unidos. El arquitecto israelí-americano Michael Arad construyó un complejo arquitectónico hundido en el colosal vacío de 24 mil metros cuadrados que dejaron las Torres Gemelas del World Trade Center después del ataque terrorista de 2001. La sensación permanente del monumento es la ausencia, simbolizada en dos grandes fuentes donde el agua cae como cascada invertida a un foso que parece no tener fin.

Me pregunto si autoridades gubernamentales nacionales que fallaron a favor de la construcción de la Suavicrema, perdón la Estela de luz, estaban conscientes de la profundidad de significados - artísticos e históricos - que conforman la realización de un monumento. Ya ni qué decir de las demás obras de arte público a lo largo de la República Mexicana, con las que se “conmemoró” el Bicentenario de México. Cuando paso frente a la Estela me viene un desconcierto sobre si en realidad jurados y arquitectos previamente caminaron la zona a conciencia; si se pensó en el espacio circundante; en lo representativo de Chapultepec histórica, social y ecológicamente; el caos del paradero del metro; la trágica historia mexicana; las vidas perdidas en las guerras de Independencia.

La controversia rodeó a la Estela de luz desde el inicio, pero desafortunadamente no por lo audaz de su propuesta estética o arquitectónica, sino por fraudes, alzas abruptas al presupuesto, cambios en el diseño -hasta el mismo arquitecto ganador César Pérez Becerril se deslindó de la autoría por negligencias al alterar su propuesta original. Como monumento es ineficaz, pues no transmite las emociones que una conmemoración de Bicentenario conlleva; es pobre en la propuesta visual y espacial, está tan desarraigado de su paisaje y contexto sociocultural que me pregunto si al diseñarse, modificarse y aprobarse se pensó en México, o sin quererlo - como suceden las cosas en este país -, es el más fiel retrato de nuestra situación en todos los niveles, reflejo de lo que somos y nos merecemos.


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