Opinión

El momento de Irán

10 marzo 2016 14:27
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Irán

Irán es un país al que el mundo (incluido México) debe voltear a ver. Tras la suscripción del acuerdo sobre su programa nuclear con las grandes potencias, se ha vuelto un actor imprescindible en las negociaciones para resolver la guerra en Medio Oriente y un interlocutor clave para enfrentar la violencia entre chiitas, sunnitas y en particular a ISIS. En lo económico, Irán influirá como nunca antes en el nivel de los precios del petróleo y, ante la inminente apertura de su mercado tras el levantamiento de las sanciones, podrá contribuir a reactivar algunas economías cuando su creciente clase media pueda comprar bienes del exterior. Por estos motivos, es importante prestar atención a los resultados electorales del pasado 26 de febrero.

Ese día se llevaron a cabo elecciones simultáneas en la Asamblea Consultiva Islámica, el Parlamento iraní, y en la Asamblea de Expertos, órgano colegiado que conforman 88 clérigos y que tendrá la facultad de elegir al próximo líder supremo, la máxima autoridad religiosa y secular del país.

En Irán no hay partidos políticos en forma, sino coaliciones electorales que se dividen en dos tendencias principales: la conservadora
–mayoritaria, identificada con los valores de la Revolución Islámica reacia a pactar con Occidente– y la moderada –minoritaria, reformista en varios grados, en particular sobre derechos humanos y política exterior hacia Estados Unidos–. Los candidatos se presentan a título individual, por lo que no siempre se identifican de manera coherente con alguna de las dos posiciones. Esto da flexibilidad a las alianzas. Para esta elección, muchos de los candidatos moderados o reformistas fueron descalificados para contender por las autoridades electorales y el Consejo de Guardianes, que buscaban favorecer a candidatos conservadores.

En esta jornada electoral, las clases medias de Teherán y los jóvenes votaron a favor de los candidatos reformistas que pudieron participar. Las clases populares, por su parte, expresaron su protesta silenciosa
–por la inflación y los precios altos de la vivienda y el transporte– al abstenerse. Así, la coalición moderada alcanzó el mayor número de asientos en la elección legislativa y tuvo un buen desempeño en la de la Asamblea de Expertos.

Los resultados electorales ratifican la política aperturista del presidente Rouhani y la tendencia a favor de que las fuerzas más moderadas y pragmáticas tengan mayor influencia en la toma de decisiones. Sin embargo, los grupos más reacios a cualquier apertura mantienen aún el control de las instituciones judiciales, de las fuerzas armadas y de la economía.

Desde su llegada al poder en 2013, Rouhani hizo tres promesas fundamentales a sus electores: acabar con el aislamiento internacional de su país, fomentar el crecimiento económico y aumentar las libertades individuales. Este nuevo rumbo marcaba una diferencia importante con el de su predecesor inmediato, Mahmoud Ahmadinejad. Con la normalización de las relaciones con Occidente que logró el presidente Rouhani, se espera un despegue de la economía iraní. En ese sentido se dirigen las recientes visitas de Estado a países europeos para atraer inversiones.

Con este nuevo mandato, el actual presidente podría avanzar un nuevo pacto social. Irán tiene elementos que permiten vislumbrar cambios de fondo: instituciones políticas estables, una sociedad civil cada vez más pujante y la voluntad de los actores políticos relevantes de alcanzar consensos. Sin embargo, tampoco hay que pecar de exceso de optimismo: en las elecciones de 2001 se eligió a un reformista moderado, cuatro años después resultó electo Ahmadinejad y en 2009 se reprimieron las manifestaciones de protesta en contra de los resultados de las elecciones presidenciales de ese año.

En esta encrucijada, contar con el apoyo del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y de la Asamblea de Expertos, es condición necesaria para cualquier cambio. De afianzarse esta tendencia, el régimen iraní podría moderar sus aspectos más negativos en lo interno –como la censura y las violaciones a los derechos humanos– y, en lo externo, la retórica y acciones anti Occidente. Fortalecería su posición internacional de manera inusitada desde la revolución de 1979 y así podría volver a erigirse paulatinamente en un puente necesario, en una época de radicalismos, entre Oriente y Occidente.

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@lourdesaranda

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