Opinión

El momento constituyente de la ciudad, una oportunidad para el buen vivir

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Centro Histórico. (Cuartoscuro)

Quien se haya aventurado por la historia de nuestra ciudad coincidirá en que está hecha de todo México y que sirve a México entero: es su principal centro productivo, político, cultural.

Nuestra ciudad dio nombre al país y horizonte desde tiempos viejos. Ha dado también un ejemplo de alternativa que tuvo que nacer sin que desapareciera la limitante tutela de los poderes federales. En cierto sentido y múltiples coyunturas, la ciudad y su gente han decidido su rumbo y empujado su desarrollo en contra de éstos y con menos posibilidades de hacerlo que las entidades federativas. Con la reforma constitucional que aprobamos el pasado diciembre esto puede y debe cambiar: sí, el cambio servirá para consolidar la democracia y dar derechos políticos plenos a los capitalinos, pero abre un momento constituyente cuyas implicaciones rebasan por mucho esos propósitos.

El autor francés Jacques Rancière sostiene que la política existe sólo en momentos de transformación, cuando se cuestionan los lugares de todo aquello que está fijo, el orden se cambia y se reorganiza la distribución de quién es escuchado y quién no, de quién cuenta. Lo demás, más que política, sería la administración de lo existente. Los momentos políticos por excelencia serían entonces los momentos constituyentes, en que soñar y proyectar lo que queremos es obligatorio. Sin obviar las posibilidades de retroceso que también hay, los momentos constituyentes son oportunidades para sentar las bases del futuro deseado, un futuro en el que todos los capitalinos cuenten. Desde luego, no se trata de hacer listados de aspiraciones, sino de sentar sólidas bases de gobierno y política pública orientadas a un rumbo específico.

Aunque el momento constituyente determinado en la reforma política de la ciudad tiene algunas limitaciones (como la designación de quienes no han sido ni serán electos por los residentes para representar a nuestra ciudad), cuenta con lo esencial para que en él tengan voz los que no la han tenido y sin embargo han sido los principales motores de la transformación capitalina: representantes de la sociedad civil a la que muchos despertamos en 1985, movimientos sociales urbanos, habitantes que desde las bases social y territorial construyen ciudad todos los días. Lo que la Constitución de la ciudad será debe ser congruente con ellos y con lo que han defendido con sus acciones y votos. Después de todo, parafraseando a Aristóteles, una Constitución es una función de las costumbres de los pobladores de la ciudad, y los habitantes de la nuestra han decidido orientarla, consistente e inequívocamente, por un sendero democrático, libertario, equitativo y progresista.

Desde por lo menos los años 40 del siglo pasado las izquierdas (los partidos Comunista y Popular) han tenido en su programa la reforma política del Distrito Federal, como parte de una tradición política que hace hincapié en lo local. Se planteaban elecciones libres, autonomía presupuestal y elementos de democracia directa en el orden de gobierno más cercano al ciudadano. A esas demandas históricas debemos ahora sumar una visión de futuro fundada en un enfoque de derechos, que empiece por buscar mecanismos de garantía de lo que los mexicanos ya hemos ganado en nuestras leyes. Habremos de cuidarnos de asumir este enfoque en su sentido más estrecho, que alude a las garantías políticas más básicas. La oportunidad que se presenta tendrá que abocarnos a construir una política de derechos plenos que ponga por delante el buen vivir: la dignidad de las personas, su derecho al trabajo decente y la viabilidad del ambiente.

Por otro lado, estamos también ante la posibilidad de repensar lo local y forjar una reorganización territorial y administrativa que facilite la vida de pueblos, barrios y colonias, que haga coincidir las unidades territoriales con la vida social.

Este sendero, vindicativo de las personas, sus derechos y el ámbito local, ha sido fuente de desarrollo tanto en países avanzados como en otros de nuestra América. Alcemos la mira en esa dirección.

La autora es senadora de la República.

Twitter: @Dolores_PL

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