Opinión

El mito de la reclusión
y la reinserción social

 
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Justicia. (Cuartoscuro)

La atenuación de la severidad penal en el transcurso de los últimos siglos es un fenómeno muy conocido… Pero durante mucho tiempo, se ha tomado de una manera global como un fenómeno cuantitativo: menos crueldad, menos sufrimiento, más benignidad, más respeto, más “humanidad”: Foucault.

El hecho de poner a un presunto delincuente en prisión tiene diversas finalidades: en principio, la de sustraer del ámbito social a quien le amenaza o lesiona mediante actos que son contrarios a la ley; en segundo término, imponer la sanción, prevista también en la norma, por la comisión del delito respectivo; tercero, disuadir a otros de infringir la ley, misma que explícitamente indica cuando se incurre en falta y la consecuencia correspondiente y, finalmente el cambio de conducta del infractor que le permita, una vez purgada su pena la, reinserción en la sociedad.

A lo largo de la historia, el castigo ha estado presente en todas las sociedades como un mecanismo de contención del crimen y control social que ha evolucionado paulatinamente, proscribiendo tratos inhumanos como el tormento, el desmembramiento, la mutilación, los azotes o el escarnio público.

La pena de muerte se va acotando y está prohibida en la mayoría de los países y en los que se aplica aún se buscan procedimientos menos crueles, como la inyección letal. El castigo físico se ha sustituido por la segregación, por el encarcelamiento de los infractores tratando de “humanizar” las penas.

En el caso mexicano, la Constitución establece en su artículo 18 que:

“El sistema penitenciario se organizará sobre la base del respeto a los derechos humanos, del trabajo, la capacitación para el mismo, la educación, la salud y el deporte como medios para lograr la reinserción del sentenciado a la sociedad y procurar que no vuelva a delinquir, observando los beneficios que para él prevé la ley.” Pero, como muchos otros temas, el hecho de que esté en la norma no garantiza su cumplimiento ni que se haga realidad la prescripción.

Muchas son las deficiencias y bien conocidas, que padece nuestro sistema penitenciario en los tres órdenes, tanto en infraestructura y capacidad física, administración, operación, control y certeza para la contención, como para cumplir con su finalidad transformadora hacia la reinserción social del individuo.

Los vicios, las ambiciones y las pasiones más abyectas pueden ponerse de manifiesto, paradójicamente, con lujo de libertad, en estos sitios de confinamiento colectivo, sustraídos de la observación pública.

La reclusión y su finalidad punitiva y segregadora se relativiza cuando la instalación penitenciaria o sus autoridades quedan cautivas de quienes deben ser los cautivos o cuando la cárcel se torna en cuartel y centro de operaciones (inmejorable cubierta) de grupos criminales, que desde ahí realizan su actividad delictiva.

La reinserción se hace imposible en un ambiente donde todo tiene un precio: el privilegio, el descanso, la dignidad y la vida, monopolizado por la autoridad formal o informal de la prisión, convirtiéndose en una real academia de crimen y de corrupción, en una interminable cadena.

Un sistema de justicia eficaz no puede prescindir de su último eslabón, le es indispensable un sistema penitenciario sano, sólido y confiable que le permita cumplir eficientemente con los fines para los que fue creado. El reto es enorme, pero es posible.

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