Opinión

El mil usos y la dependencia emocional

       
1
 

    

Enrique Peña Nieto, presidente de la República Mexicana. (Cuartoscuro)

Como si fuera la célebre película mexicana El mil usos, Luis Videgaray respondía a las órdenes del jefe: Videgaraaaaay, la economíaaaaa; Videgaraaaaaay, el Pacto por Méxicooooo; Videgaraaaaay, los impuestoooos; Videgaraaaaay, los niñooooos; Videgaraaaaaaaay, la roooopa, Videgaraaaaay, invita a Truuump… Así las cosas, hasta que Videgaray se tuvo que ir. Pero lo volvieron a llamar: Videgaraaaaaay, las relaciones exterioreeeeees.

Recuerdo que poco antes de iniciar este sexenio escribí un texto con algunas referencias como las anteriores. Se vislumbraba que don Luis sería el hombre orquesta, el todo poderoso. En algún momento Osorio Chong trató de despuntar con una manifestación del Poli afuera de su oficina, pero se apagó rápido y volvió a ser el oscuro e inexistente funcionario que es. No es un caso de excepción; en todos los gobiernos hay alguien más fuerte que los demás: lo era Creel con Fox, lo fue Mouriño con Calderón. Lo sorprendente es que una vez que renunció, lo hayan regresado de esa manera. No es necesario recordar que, producto de su genialidad, está el peso como está, la deuda en donde está, los impuestos en lo que van y fue el motor del ridículo internacional más grande que haya hecho el país en las últimas décadas. No importa, él siempre cae parado.

Lo que sorprende es la extrema dependencia emocional que ha desarrollado Peña respecto de su amigo y superasesor. Es una especie de síndrome de Estocolmo. El presidente ya es rehén de ese funcionario. Su sonrisa al regresarlo ante la incredulidad general, lo dice todo. Es claro que lo poco que estuvo fuera Videgaray –tan poco que nomás le dio tiempo de dejarse una barba propia de quien ha caído en una depresión postdespido–, el gobierno no hizo gran cosa y los rumores hablaban de recolocar al extitular de Hacienda Pública en algún lugar de las decisiones. Trump les vino a solucionar el problema, pues han de haber considerado que sólo hay un mexicano que le cae bien al fascista norteamericano y entonces hay que tratar de ponerlo de escudo o algo similar. Por lo pronto, parece que al señor Trump le tiene sin cuidado quién sea canciller en nuestro país, pues sigue amenazando a los fabricantes de automóviles que desean invertir en México.

La llegada de Luis Videgaray a la Cancillería no parece generar buenas expectativas –y al interior del equipo gobernante deben estar aterrados del regreso de quien creían haberse librado–. No se trata de que no sepa de diplomacia, puede asesorarse de gente capaz de la Cancillería, el problema es que ya es el tercer canciller en apenas cuatro años, lo que deja claro que no se ha tenido una estrategia diplomática concreta. A menos que haya sido la de fortalecer las relaciones con Turquía que, como bien dice Carlos Puig, ahí ha pasado más noches nuestro presidente que en Estados Unidos. Van cuatro años y Peña no ha tenido una visita de Estado al país vecino. En unos días tomará posesión el segundo presidente con quien le tocará tratar; muy posiblemente seguirá en la congeladora.

Por lo pronto ya volveremos a escuchar el grito: Videgaraaaaaaay, la Toyoooooota, Videgaraaaaaaaaay, el muuuuuro, Videgaraaaaaaayyyyy…

Twitter: @JuanIZavala

También te puede interesar:
​El santo Javier
Por la supresión de los deseos de Año Nuevo
​Sobre el homo sovieticus