Opinión

El miedo a ser juzgados

     
1
   

   

El miedo a ser juzgados es algo que poco a poco debemos dejar atrás. (Shutterstock)

Hay quienes entienden la vida como un concurso de popularidad en el que siempre están siendo vigilados y calificados. Algunos se derrotan antes de librar la batalla, porque no quieren que los demás piensen mal de ellos, así que evitan opinar en el salón de clases, en la junta de la oficina o no le piden nada ni a su pareja, ni a sus amigos, ni a la familia, por miedo a parecer demandantes. Hay profesionistas inteligentes y preparados que no creen ser valiosos y viven el trabajo como un lugar amenazante en el que, si se descuidan, pueden ser juzgados negativamente.

A veces se trata de adultos que de niños fueron la adoración de sus padres y que ahora siguen necesitando compulsivamente la aprobación. También el escenario opuesto puede ser la raíz de la necesidad de agradar: niños maltratados que nunca hacían nada bien desde la perspectiva de sus padres y que en la vida adulta, sufren de inseguridad e intentan compensarla siendo amables, generosos, nunca conflictivos, para ganarse la simpatía de todos.

Actuar para evitar ser juzgado es una defensa de la cercanía en las relaciones, porque querer agradarle a todos termina siendo no agradarle profundamente a nadie: si una no es capaz de compartir quién es realmente, todas las relaciones que construya estarán basadas en una idea falsa y maquillada del yo. Correr el riesgo de ser, opinar, disentir, apasionarse e incluso enojarse, es la única forma de vincularse con autenticidad.

Vivir seduciendo a todos es una forma de la dependencia afectiva y existencial: necesitar caerle bien al mundo para autoafirmarse y para ser.

Es muy riesgoso que las fuentes de gratificación narcisista estén afuera y no adentro, porque no hay nada como verse al espejo y gustarse o poder decirse al final del día que el trabajo estuvo bien hecho. Esperar a que otros nos halaguen, nos reconozcan, nos digan cuánto nos quieren, es hasta cierto grado una necesidad interpersonal, pero puede convertirse en hambre voraz de aprobación.

Casi todos mostramos nuestro yo idealizado en el ámbito público; sin embargo, la desidealización gradual de uno y de los demás, es un logro central de la vida adulta. Si decepcionamos a los demás por ser como somos, quizá nos interese cambiar o quizá no nos debería importar, dependiendo de quien se trate.

Todos juzgamos porque es nuestra forma de organizar el mundo: bueno, malo, agradable, desagradable, feo, hermoso, tonto, inteligente. Es necesario un esfuerzo posterior de la razón para no pensar con categorías tan limitadas y poder expandir nuestra mente y vencer los prejuicios.

Nadie somos tan importantes como para que los demás se dediquen a juzgarnos. A todos se nos olvidan los detalles y tenemos una imagen general de las personas, que se construye a lo largo del tiempo, sobre todo por las cosas relevantes que hacemos.

Es posible que el único antídoto para el miedo a ser juzgados sea ser compasivos. Si somos capaces de intentar comprender a los demás, imaginarnos sintiéndonos como ellos o cometiendo los mismos errores, puede ser que juzguemos menos y que en consecuencia seamos menos juzgados. El miedo al juicio casi siempre es la proyección de una mente juzgadora: todos son estúpidos, lentos, incapaces, perdedores, envidiosos, mal intencionados. Si pensamos y nos expresamos así de los demás, no es extraño que esperemos que piensen y se expresen así de nosotros.

En mi experiencia, quien se atreve a ser vulnerable, a compartir algo negativo sobre sí mismo que es importante, puede ganarse el respeto de los otros o abrir una conversación que nadie se atrevía a tener. Aunque los miedos y las debilidades no se premien en ninguna parte, deberíamos retar los códigos culturales impuestos que nos obligan a aparentar ser quienes no somos y que se conectan con las partes más frágiles de la personalidad. Es imposible caerle bien a todo el mundo. Mejor apostarle a que nos quieran de verdad unos cuantos.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:

Equivocarse
Trauma
Pensar la depresión