Opinión

El miedo a la locura


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El miedo a la locura

Una constante en la vida humana es el miedo a la locura, que despierta vergüenza, ansiedad y hasta terror. Es que la vida interior está plagada de fantasías perturbadoras en las que seríamos capaces de casi cualquier cosa, o a veces reaccionamos en formas e intensidades que nos alarman. Nos gustaría, por ejemplo, abandonar la vida que tenemos y ser otros. O le gritamos descontroladamente a alguien porque frustró nuestros deseos.

La normalidad es un concepto estadístico que describe a una mayoría. Lo normal, un adjetivo que sirve para la autovigilancia y la autopersecución. Foucault, uno de los filósofos más interesados en el estudio de la locura, nos ayudó a entender que muchas veces se dice que alguien está loco como una forma de control que nos hace preguntarnos si somos normales.

He visto a hombres y mujeres atravesar por situaciones de gran sufrimiento, que se agravan porque están preocupados de volverse locos en cualquier momento. Que la gente descubra que no somos tan impecables como a veces aparentamos amenaza especialmente a quien ha cuidado su imagen pública por encima de la autenticidad.
Cuando alguien está teniendo una crisis fuerte en su vida suele decir que se está volviendo loco.

Los problemas graves de pareja se viven con una fuerza enloquecedora.

Nos volvemos locos de amor y sentimos que perdemos nuestra capacidad de razonar cuando amamos locamente a alguien.
La locura es parte de nuestro lenguaje cotidiano y aunque decimos con bastante ligereza “estás loco”, en el fondo tememos rompernos si llegamos a un callejón sin salida.

La locura tiene mal nombre en la sociedad y los criterios para definirla a veces tienen poco que ver con el estado mental de una persona y mucho más con que se ajuste en su forma de vivir y de pensar con la normalidad social y cultural. La locura no necesariamente apela a la idea de bienestar humano, sino a qué tan incómodo es alguien para el grupo. Foucault escribió ampliamente sobre la práctica de encerrar en manicomios a artistas, disidentes políticos, adelantados a su tiempo, homosexuales, negros y minorías en general.

Muchos llegan a terapia porque han tenido brotes de violencia que los alertan sobre su potencial de agresión en momentos críticos. O porque sienten una tristeza tan profunda que no les interesa nada. La ansiedad generalizada, las obsesiones, los duelos por amores desgarradores, las crisis que generan los cambios del ciclo de vida como la entrada de los hijos a la adolescencia, la menopausia, el nido vacío, pueden generar una sensación de locura.

A veces, también hay que decirlo, el miedo a la locura puede ser un freno deseable para algunos que han perdido el control de sus vidas, entre otras razones, por consumo de drogas, por perseguir causas perdidas, por dejar de vivir su vida para “salvar” del abismo a alguien que aman, por depresión profunda no diagnosticada ni atendida, por agotamiento extremo, por intoxicación medicamentosa.

La locura es romper con la realidad. Algunas de sus manifestaciones son ver o escuchar cosas que no existen, no reconocerse en un espejo, paranoia grave, tener un plan para quitarse la vida o para matar a alguien. Se requiere de un diagnóstico meticuloso para no ver locura donde no la hay.

Todos sentimos angustia, sufrimiento y dolor. Vivimos crisis y cambios. Anhelamos y deseamos. La mayoría de las veces, la “locura” es temporal y puede superarse aceptando y entendiendo las emociones de alta intensidad, los planes fracasados, los cambios de vida, las ilusiones rotas, el desamor, las muchas pérdidas, los comienzos que retan nuestro amor por la costumbre.

La salud emocional es recuperable porque todo, absolutamente todo, pasa.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

Correo: valevilla@gmail.com

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