Opinión

El miedo a la bota

Entre 1992 y 1993, fui corresponsal en Lituania –ex Unión Soviética– en los convulsos años en que la URSS se desintegraba y cada región y provincia buscaba el mejor camino hacia la libertad. Lituania fue la primera de 15 repúblicas soviéticas en declarar su independencia de Moscú y buscar el reconocimiento de Europa y del mundo. Pocos meses antes había aparecido en la escena un músico que hablaba de libertad, se llamaba Vytautas Landsbergis y fue el primer presidente de la Lituania Independiente. Tuve la oportunidad de entrevistarlo en esos años de liderazgos fulgurantes, donde brillaban como titanes aquellos que se atrevían a levantar su voz contra Moscú.

En 1991 Mijaíl Gorbachov, aún al mando de la agonizante URSS, ordenó la entrada de tanques a Vilnius, la capital lituana, con lo que provocó el fortalecimiento del movimiento independentista.

A Lituania le siguieron sus hermanas bálticas, Letonia y Estonia, que en muy poco tiempo –especialmente la última– lograron procesos electorales independientes que produjeron gobiernos de transición.
Gradualmente sucedió lo mismo con Ucrania, Bielorrusia y después todas las repúblicas centro asiáticas, desde Armenia y Kazajistán hasta Georgia y Turkmenistán.

El poderío soviético heredó su rol internacional y sus reservas nucleares a la gran madre Rusia, que escribía así, bajo el liderazgo y la fuerza del rebelde Boris Yeltsin, el acta de defunción de la Unión Soviética.

El Pacto de Varsovia, la organización militar y de defensa que se formó como contraparte de la OTAN, careció de sustento y de integrantes, porque Polonia, Hungría, la entonces Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria, iniciaron por su cuenta procesos internos de reconstrucción, democratización y surgimiento de nuevas instituciones.

Desde entonces, me dijo Landsbergis en una de varias entrevistas, la bota soviética ha asechado nuestro presente y nuestro futuro. Ellos son un imperio, lo han sido desde el siglo XVII y XVIII, está en su naturaleza. Nosotros somos insignificantes frente a su tamaño y poderío.

No es gratuito que muchas de esas exrepúblicas o naciones se hayan convertido, al plazo más corto, en integrantes de la OTAN. En total doce países de la antigua esfera soviética se sumaron a la OTAN entre 1999 y 2009.

Esta historia se hace hoy más actual que nunca con la crisis en Ucrania, la anexión de Crimea, el desconocido referéndum “no oficial” del domingo en Donetsk y Luhansk –provincias al este de Ucrania– y el incipiente cambio de actitud por parte de Putin.

Tal vez como resultado de la presión internacional, de las amenazas económicas o del cálculo delicado que este hombre llegado de la KGB ha realizado, pero el hecho es que Moscú retiró su apoyo al referéndum y envió señales de aparente disposición a nuevas pláticas internacionales. Es la primera señal, desde el inicio de la crisis, en que Moscú muestra una actitud de diálogo y mesura en su retórica nacionalista.

Todos tienen mucho que perder, Europa es dependiente del gas ruso, pero la vulnerable economía rusa depende de los millones de euros a cambio de su gas. Si Moscú retira su simpatía, apoyo y campañas en esas regiones de Ucrania a favor de la separación, tal vez ese país pueda reconstruir su identidad nacional separada de Rusia.