Opinión

El método
Bojórquez-Ebrard

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio Gil leyó en su periódico Reforma una noticia, otra más, de la Línea 12 del Metro. Con la novedad de que los andenes son largos y los trenes cortos. La L-12 será recordada como la línea de los divorcios. Ya se habían separado la rueda y el riel, la curva y la recta, el peralte y lo parejo; ahora toca su turno a los andenes y los vagones. En las 20 estaciones los andenes resultaron más largos que los trenes por 12 metros. Según la nota de Jonás López, esta diferencia se traduce en un gasto extraordinario de 163 millones de pesos.

La historia de esta desavenencia entre el andén y el tren hubiera vuelto loco al mismísimo Jorge Ibargüengoitia. Resulta que mientras avanzaban las obras a gran velocidad, los trenes fueron cambiados por órdenes de Francisco Bojórquez, exdirector del Sistema de Transporte Colectivo. En un documento, don Pancho Bojórquez informó que los trenes para la Línea 12 medían entre 151 y 152 metros de longitud y que tendrían ocho vagones. Todo iba a pedir de boca hasta que don Pancho Bojórquez envió otro documento en el cual informaba que los nuevos trenes medían 140 metros y sólo tenían 7 vagones. Dios de bondad: cuando se informó del cambio de trenes, la Línea 12 llevaba 8 meses de construcción. ¿Cómo la ven? Sin albur ni nada.

Lo largo y lo corto

Gil se imagina una reunión de trabajo en las oficinas de gobierno del Distrito Federal, en el histórico edificio el Ayuntamiento. Una voz de tenor: comuníqueme con Bojórquez. Oiga, Pancho, ¿cómo está eso de los trenes? Licenciado Ebrard, ¿qué le puedo decir?, el tren está saliendo muy corto, ya casi no los hacen largos. Nos ofrecieron unos largos, pero luego mandaron unos cortos. Nadie lo va a notar. Correcto, Bojórquez, lo que sigue es inaugurar.

¿Acaso Gamés se equivoca y los jefes no se enteran de nimiedades en las obras públicas que encabezan, como por ejemplo el ancho y el largo de los trenes? Que alguien que sepa de estos intríngulis (gran palabra) le informe a Gilga porque se le quema el cerebro. Pero el asunto no termina donde termina, como suele pasar. Resulta que el consorcio constructor ICA-Carso-Alstom criticó que durante la construcción de la
L-12 se hayan cambiado las características de los trenes, lo cual fue un factor determinante para las fallas de la Línea, según cuenta Jonás López en su nota. Y aquí llega Gil, con su lectora y su lector, al principio de la historia: los trenes son el factor definitivo para el famoso desgaste ondulatorio en el sistema de vías.

Lógica

Esta forma de decidir las fases de una gran obra pública se conocerá hasta el fin de los tiempos como el “método Bojórquez-Ebrard”, algo parecido a esto: usted tiene dinero para hacerse una casa; su socio, por quien usted mete las manos al fuego, le dice que primero ponga el techo, y usted le hace caso; luego los muros, y usted le hace caso; y al final los cimientos, usted le hace caso y el bastimento se viene abajo. ¿Va bien Gamés o se regresa? Con la diferencia de que en el caso de la L-12 el dinero es público y hay cientos de miles de personas que estuvieron en riesgo de un accidente catastrófico. Gamés no recuerda pifia mayor en México en una obra pública de semejantes dimensiones.

El “método Bojorquez-Ebrard” pasará a los anales (no empiecen) de la construcción junto al Albarradón que construyó Nezahualcóyotl en el lago de Texcoco para que no se inundara Tenochtitlán y el acueducto que traía agua desde Xochimilco y que inundó a Coyoacán. Digan sí o no, no somos nada.

La máxima de Séneca espetó dentro del ático de las frases célebres: “Las obras se tienen medio terminadas cuando se han empezado bien”.

Gil s’en va