Opinión

El mentado muro

 
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Donald Trump

El muro va. Faltan pocos días para que tome las riendas del imperio más poderoso del mundo un hombre vehemente, necio y agresivo. Por estas mismas características de su personalidad el muro va, a menos de que ocurra un milagro –pero los milagros no existen, aun y cuando haya quien afirma que sí, que los milagros existen y son cotidianos.

El muro va porque Trump se ha pasado la vida construyendo y sabe del negocio. El muro, además, es para él un símbolo. No tendrá acabados de lujo vulgar como sus edificios –que ni siquiera son de él–, no tendrá ribetes dorados ni será de granito. Es más, en algunas zonas no será de piedra sino que se erigirá un muro de sensores, drones vigilantes, radares, patrullas tenaces. Un muro ignominioso, por donde se le mire.

No podemos impedir que lo construya, pero no se lo pongamos fácil. Enfrentémoslo con todos los obstáculos posibles. No hagamos como Cementos Chihuahua –nunca falta una Malinche–, que ya se ofreció para construir la barda. (“Los capitalistas son capaces de vendernos la soga con la que los vamos a colgar”, escribió Lenin). Hagamos de esto un escándalo internacional (“El primer muro construido entre dos naciones no enemigas”), diplomático (llevemos el asunto a la ONU, a la OEA), moral y mediático (tendamos puentes con los liberales de Hollywood.) Después de todo, el que construye el muro es el que tiene miedo.

Para empezar no le digamos “el muro”. Talentosos publicistas mexicanos podrán adjetivarlo (me gusta el muro de la ignominia, pero es muy largo; otra posibilidad: el muro idiota) y viralizarlo. Pidamos a Alejandro González Iñárritu, genial cuando quiere, que convierta el muro en una metáfora de la locura. ¿O nos vamos a sentar a ver cómo erigen la terca muralla?

Decimos: un muro nunca ha detenido a nadie con hambre de pasar al otro lado. Pero no es cierto. El muro que dividió Berlín fue muy efectivo, hasta que lo echaron abajo 28 años después. El muro que construyó Israel para contener a los palestinos (pese a los túneles que por debajo intentan cruzarlo), también. Aún sobreviven más de dos mil kilómetros de la muralla que el Primer Emperador Shih Huang Ti mandó erigir en China hace más de dos mil años.

Las consecuencias del muro serán para nosotros nefastas. Con una economía deprimida, ¿qué alternativas tendrán los connacionales que cada año cruzan para levantar las cosechas gringas? ¿Qué haremos con los centroamericanos y caribeños que se agolpan ya en la frontera? Los narcotraficantes, al no poder librar el muro, comenzarán a abrir en México mercados internos: aumentará la inseguridad y los problemas de salud. Otro motivo más para despenalizar urgentemente ciertas drogas antes de que el futuro nos alcance. Si en el pasado hicimos varios intentos por alcanzar el ilusorio primer mundo, el muro nos señalará claramente que “hay una cantidad infinita de esperanza, pero no para nosotros” (Kafka dixit).

Lo que no debemos dejar que ocurra (aunque se construya en el plano físico) es que se erija dentro de nosotros un muro mental. Llevamos años escuchando que somos el país que más tratados comerciales tiene en el mundo. Hagámoslos valer. No les hagamos el juego a los proteccionistas de fuera y de dentro. Empujemos el Tratado Asia Pacífico. Quitemos obstáculos al tratado con Europa. Firmemos con Centroamérica un tratado de libre comercio. Estrechemos los lazos con la Canadá liberal de Trudeau. Organicemos un viaje de mil empresarios que recorran China, Japón, Corea del Sur, Singapur y Vietnam, en busca de nuevos negocios. Rebasemos al gobierno –muy ocupado como está en lustrar las botas de Trump con la lengua– por la derecha y por la izquierda.

O nos lamentamos o nos ponemos a trabajar. Socavemos el muro antes de que se construya. Es tiempo de desarrollar con fuerza nuestro mercado interno y de impulsar hacia el exterior una política comercial diversificada. Cuba está en crisis y Trump les va a dar con la puerta en las narices. Es hora de tender un nuevo puente con la isla. Otro puente más con China, que lo están esperando (ya anunciaron los chinos que están dispuestos a asociarse con nosotros). Otro más con la Sudamérica que por décadas hemos desdeñado. Y uno más, por qué no, con la Norteamérica liberal que buscará oponerse a Trump. Tendamos puentes, cavemos (¿verdad, Chapo?) túneles, abramos puertas: obstaculicemos el mentado muro.

Octavio Paz escribió en 1943, mientras vivía en Estados Unidos en condiciones muy precarias, un hermoso poema de tono nerudiano titulado “El muro”, que más tarde apareció en las sucesivas ediciones de Libertad bajo palabra con otro nombre y muy recortado. Conviene recordar, en estos días aciagos y de incertidumbre, sus últimas líneas: “Mas cierra el paso un muro y todo cesa. / Mi corazón a oscuras late y llama. / Con puño ciego y árido golpea / la sorda piedra y suena su latido / a lluvia de ceniza en un desierto”.

Twitter:@Fernandogr

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