Opinión

El mensaje presidencial

La desaceleración económica y el incremento de los impuestos, por encima de cualquier otro factor, es lo que desplomó la aprobación del presidente Enrique Peña Nieto y subió más de 30 puntos en escaso un año, el rechazo a su gestión como gobernante. No hay nada extraño en ello.

Subida de impuestos es lo que más impacta negativamente en cualquier gobernante, y combinado con un mal comportamiento de la economía, la suma sólo puede ser negativa para el presidente. Peña Nieto se encuentra estable en las tasas de desaprobación -49 por ciento en marzo, 52 por ciento en febrero y 51 por ciento en enero-, y su desaprobación subió de 42 por ciento en octubre a 49 por ciento el mes pasado.

No es terrible, pero no marcha bien, lo que no significa que deba estar tranquilo, pues hasta ahora su gobierno ha sido incapaz de contener la tendencia a la baja de su gestión ante la opinión pública.

La forma como cambiaría la percepción sería con un cambio inmediato y tangible a la idea de que el país está económicamente mal. Pero al requerir que se acelere la economía con la aplicación del gasto público, que traería como efecto positivo encadenado que el sector privado iniciara su propia inyección de recursos, hay que descartarlo, porque la dinámica que viven el gobierno y los empresarios es de choque, no de colaboración, donde se reprochan mutuamente que no gastan ni invierten, y guardan sus carteras.

Eliminada esa posibilidad, le quedaría al gobierno la rápida confirmación de que las promesas de bonanza por las reformas energética y de telecomunicaciones produjeran la cascada de recursos que las materializarán. Eso tampoco va a pasar, no sólo porque no se han aprobado las leyes secundarias, sino porque aún si eso sucediera inmediatamente, los recursos para hacer el gran cambio en la economía de los mexicanos -si la teoría es correcta-, demorará más de una década en mostrar sus bondades.

Entonces, si la economía no es un buen camino para la persuasión, ¿por qué el presidente Peña Nieto insiste en tener las reformas como el eje de su discurso?

Si el mensaje no está sustentado en la realidad inmediata, ¿por qué no lo ha cambiado? En esta ruta, Peña Nieto continuará perdiendo aprobación y se incrementará la desaprobación porque la economía no va a cambiar en el corto plazo y, de acuerdo con las proyecciones de las instituciones financieras, tampoco en el mediano y quizás ni siquiera en el resto del sexenio. La Secretaría de Hacienda estima que México crecerá 5 por ciento el próximo año y que supere el 6 por ciento para 2018. Pero el Fondo Monetario Internacional está menos optimista y dice que el crecimiento para finales de sexenio no rebasará el 3.5 por ciento. Las reformas no son algo que pueda presumir hoy en día, como tampoco la restauración de la paz y la seguridad.

El acuerdo político que logró el año pasado con el Pacto por México quedó también como un recuerdo.

Sin embargo, Peña Nieto tiene en su mesa la posibilidad de cambiar la percepción que se tiene de él. Requiere un nuevo discurso con el cual reconstruya su imagen y rompa los prejuicios que carga y las etiquetas sobre su frente. Es el de su lucha contra la corrupción y la impunidad.

No eliminaría las dificultades ni desaparecerían los problemas. Los discursos y la propaganda no pretenden eso. Lo que le daría es tiempo para los cambios de fondo y respiro político ante el cielo azul que cada vez está más nublado.

En 16 meses de gobierno, el presidente ha destronado a líderes -la maestra Elba Esther Gordillo está en la cárcel, y el PRI dispuso de su dirigente en la ciudad de México, Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre-, perseguido exgobernadores priistas -Andrés Granier, de Tabasco, y Tomás Yarrington, de Tamaulipas-, hurgado en la corrupción institucional -Oceanografía es el mejor ejemplo-, perseguido a empresarios -Gastón Azcárraga, quien quebró a Mexicana-, y marchado sobre los monopolios. Además, su gobierno capturó al mítico Joaquín El Chapo Guzmán, y al jefe de Los Zetas, Miguel Ángel Morales Treviño, y abatió al jefe de Los Caballeros Templarios, Nazario Moreno. Su palmarés en esa materia es impresionante e incuestionable.

En esa línea discursiva está la solución rápida al problema de percepción pública, con lo cual tendría el tiempo para la maduración de las reformas y el ajuste a la economía, a fin de acompañarlo el resto del sexenio sin que se vaya desangrando en el camino y pierda aceleradamente el poder. Parece una solución tan sencilla que es increíble que no lo hubieran pensado en la Presidencia. Seguramente lo han hecho, pero otro tipo de consideración es la que deben tener en mente.

Cambiar el discurso presidencial en esa dirección es ir contra los gobiernos del PAN, el partido con el que están forjando sus alianzas.

No han querido lastimarlos ni afectar sus negociaciones durante todo lo que va del sexenio, pero cada vez les sale más costoso cada uno de sus votos con el creciente chantaje. Es una decisión de costo-beneficio, si vale más el apoyo sin garantías del PAN a cambio del descrédito y la desconfianza en el presidente, que replantear esa relación, encontrar nuevos aliados y recomponer la imagen de Peña Nieto que se encuentra en abierta caída y si visos de mejora todavía.