Opinión

El mejor reportero del país

15 mayo 2013 13:50

Después de dar una mordida a su torta de milanesa y de escupir en el suelo un fragmento del chile que seguramente no le cayó bien en ese momento, el periodista se dio la vuelta para decirme, sin rodeo alguno:
—Me debes aumentar el sueldo...
Yo lo veía como no creyendo que fuera tan sucio para deglutir sus alimentos. Volvió a escupir.
—Soy el mejor periodista del país y estoy a tu servicio, así que esas cosas deben compensarse...
Su mirada era retadora. Esperaba mi respuesta, que tardaba en llegar.
—No sólo eso, sino soy el mejor escritor de México... —agregó.
Ahora se empujó para su generoso estómago casi toda la Coca Cola.
—Ponte a trabajar, mejor, no digas tonterías —le dije, mirándolo a los ojos.
Dio otra mordida a su torta.
—Hablo absolutamente en serio —aseveró, con la boca llena.
Temía que volviera a escupir.
No hice caso, y volví a mi escritura.
—Hablo en serio —repitió, a mis espaldas.
Continué escribiendo mi crónica.
—Termina la entrevista, que es la principal de hoy —le dije, ya no haciendo caso de sus intemperancias.
—¿Y mi aumento de sueldo? No hay otro periodista en México mejor que yo —reiteró, lo que ya me parecía un exceso.
Y no ganaba mal el muchacho, pero su talento no estaba aparejado, según dijo, con sus necesidades económicas. Debían equilibrarse,Como no le contestara, el reportero apagó la computadora, agarró sus cosas y se largó de la redacción sin haber finalizado su texto.
No podía yo creerlo. Fue el principio del fin. Ya había realizado otras arrogancias, pero no sabía en realidad cuánta vanidad iba acumulando en suorganismo. Y era demasiada. Rebosaba ya de manifestaciones egregias. En alguna ocasión me exigió un boleto a Cuba para cubrir un encuentro de escritores policiacos, a una invitación expresa de Paco Ignacio Taibo II, que con sus amigos es espléndido. Y el reportero, cómo no, aspiraba a ser algún día un narrador policiaco. Le dije que lo vería, que no se preocupara, y esa misma tarde hablé con el buen Rogelio Cárdenas Sarmiento (1952-2003), director fundador de EL FINANCIERO, para plantearle el asunto. Le dije que podía ser un grandioso estímulo para el joven periodista.
Dudaba,
Rogelio; pero al final lo convencí. Entonces fui a hablar con el reportero. No cabía yo de gozo.
—Ya está, conseguí tu boleto —le dije—. Rogelio lo aprobó. Mañana sale un cheque para que arregles los trámites.
Y dije algo que tal vez nunca hubiera dicho:
—Vamos, si quieres, a agradecer a Rogelio su disposición...
Me miró con crudeza.
—¿Yo, agradecerle? —inquirió, extrañado—, tenía él la obligación de hacerlo. Yo me lo merezco. Debería él agradecerme que soy parte de su plantilla periodística...
Me dejó enmudecido.
—Creo que tu actitud no es la correcta —le dije, dejándolo solo con su soberbia engrandecida.
Después de todo, el reportero no viajó a Cuba por no sé qué problemas suyos. Sin embargo, me recalcó que el periódico le debía una.
Y era tan humilde en un principio que daba un gusto enorme estrecharle la mano.
¿Cómo se van redefiniendo las personalidades?, ¿cómo las cosas van tomando las formas precisas para caber en los lugares menos imaginables?, ¿las apariencias siempre, de manera perpetua, van a engañar en sus circunstancias ulteriores?, ¿por qué los cambios en los humanos a veces son envilecidamente drásticos?
Cuando se retiró de la redacción sin decir adiós (con la torta en la mano, que aún no terminaba de comer), en efecto ya estaba por irse. Intentó conmigo, por último, una negociación, en vano: me pidió que le diera cientos de miles de pesos a cambio de una retirada silenciosa.
—Un cambalache que conviene al periódico —me dijo—. Yo me voy de manera pacífica y ustedes se quedan con la conciencia tranquila...
Lo veía y lo veía y no dejaba de mirarlo con curiosidad. ¡Pero qué lejos estaba este hombre del muchacho inquieto que me pidió una oportunidad en la prensa! Ahora era, según su confesión, el mejor reportero del país y el mejor escritor que el mundo cultural había concebido en sus entrañas.
—¿Por qué no iba a quedarme con la conciencia tranquila si tú eres el que te quieres ir y nadie te está pidiendo que te vayas? —le pregunté.
Su respuesta tampoco me asombró. Ya no me asombraba nada de lo que me dijera.
—Porque están dejando ir al mejor periodista de México. Y, por tanto, deben recompensarlo —dijo.
Le pedí que se fuera por donde vino y le deseé suerte. Por mí, podía irse a donde fuera a desparramar su maestría periodística. No se le dio económicamente sino lo justo, lo cual hizo que su aversión hacia mi persona creciera con manufacturada solidez.
Fue contratado de inmediato en otro periódico (porque ya el acuerdo lo tenía, sólo faltaba su renuncia, de allí, al saber que yo no lo despediría, su estrategia del “cambalache” económico, ya que él, de todas maneras, iba a renunciar apenas terminara la siguiente quincena) y corrido con premura antes de los seis meses porque, según la gerencia, no podían mantener a un periodista que no tenía idea de lo que era el periodismo, porque se negaba a cubrir las conferencias de prensa y a hacer notas de una cuartilla, pues quería desplegar, forzosamente, sus largas entrevistas tal como se acostumbró a escribirlas mientras laboró en esta sección.
Los lectores, entonces, no volvieron a leer, por ningún lado, las historias del mejor periodista de cultura que ha dado el país.
Para su infortunio.