Opinión

El Maestro, artesano espiritual

 
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Maestros

Víctor Manuel Pérez Valera.

La palabra educación deriva semánticamente del verbo latino educere que significa hacer salir, extraer, dar a luz. La educación consiste en encaminar al niño a desarrollar sus potencialidades, a ser y relacionarse con los demás. En otras palabras, a humanizarse, ya que el hombre es el único ser que tiene su ser como tarea. Se trata de una construcción del yo en el otro y del otro en sí mismo. Esta necesidad aparece ya en el recién nacido, y especialmente se manifiesta en el llanto. Si el ser humano no cuenta con el otro, él mismo se niega parcialmente. En el mundo hebreo, en el libro de los Proverbios encontramos una especie de manual de educación moral: “es mejor adquirir la sabiduría que el oro, la inteligencia que la plata” (Prov. 16,16) en este texto se insinúa uno de los fines más importantes de la educación: el ser está sobre el tener. Esta sabiduría hebrea se ha reflejado en el mundo contemporáneo en dos grandes pensadores: “la epifanía del rostro” en Levinas y el dialogo yo-tú en Martin Buber.

En la Paideia griega toda su literatura está orientada a la educación. Sócrates con su mayéutica, el arte de preguntar, pretende dar a luz lo que está en el interior del ser humano. La curiosidad del niño se manifiesta por sus continuas preguntas, no hay que reprimir esta actitud. La Tragedia griega, sobre todo en Sófocles, va a enseñar que en medio de los dolores y los sufrimientos más trágicos el hombre conserva su grandeza: “hay muchas cosas maravillosas, pero ninguna más maravillosa que el hombre”. El niño posee un gran sentido de admiración que conviene impulsar. Platón y Aristóteles van a enseñar a pensar, a fomentar la inteligencia crítica, a apreciar la belleza del cosmos y la libertad en la polis, por eso Grecia será la cuna de la democracia. Es preciso educar a todo el hombre, fomentar la excelencia del ser humano. En una palabra, kalokagathia: la moral y la estética no pueden ir separadas.

El pueblo romano va a asimilar los valores de la educación de la cultura griega, pero, a su vez, va a subrayar la importancia de la vida familiar y la cultura cívica: el respeto a las normas jurídicas y la importancia de la argumentación, el arte de la palabra, hay que fomentarla desde la infancia como lo enseñó Quintiliano.

Este breve bosquejo de la educación en los pueblos que fueron la fuente de la cultura occidental, implícitamente está ponderando la grandeza y la excelencia del maestro, que como lo vamos a ver, más que un oficio es una sublime artesanía. La misión del maestro no es fácil, requiere humildad, responsabilidad y un gran dominio de sí mismo, ya que el niño es inquieto por naturaleza. La base de la tarea educativa es la autoridad (hacer crecer) y el respeto, la cumbre de su misión es la estima del educando, la confianza en sus potencialidades, y el amor, que es procurar el auténtico bien de una persona en cuanto otra. Estas virtudes hay que sembrarlas y cultivarlas. Se aprende y se enseña, se ensanchan los horizontes, se hace fácil lo difícil. Es menester entusiasmar al educando en cultivar los dos más grandes deseos irrestrictos: el de conocer y el de amar. Es importante también completar la actitud del “ver, juzgar y actuar” con la de observar, relacionar, reflexionar, juzgar, valorar, decidir y comprometerse con los valores.

Es un arte impulsar el esfuerzo del niño y que el gusto por ese esfuerzo culmine en la alegría. Conducir al niño al autoexamen y a la autocrítica, no es fácil, pero sin ellas no se da la superación: “nadie saca la espina si no sabe dónde la tiene” (Tagore) Esta fina artesanía cultiva “nuestro primer deber, llegar a ser lo que somos” (Píndaro).

De todo lo anterior se deduce la impostergable necesidad de una formación en valores, que impulse la transformación del ser humano y de la sociedad. La educación está destinada a transformar la sociedad, pero no lo podrá hacer por decreto. Esta transformación de nuestro mundo en un mundo mejor se dará en la medida en que se vivan los valores más altos del espíritu. La conversión moral incluye la superación del egoísmo y la preocupación por los demás. El egoísta se deshumaniza a sí mismo: se apega a las posesiones que ambiciona y en lugar de poseerlas, es poseído por ellas, se vuelve esclavo. Hay que ir contra corriente, el niño naturalmente está inclinado al consumismo.

Es fundamental en la educación el que el maestro viva lo que enseña, sea testigo de los valores que promueve, porque todos sabemos que: “las palabras mueven pero el ejemplo arrastra”.

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