Opinión

El macabro hallazgo

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Gil Gamés.

La noticia corrió como fuego en la paja. Todos a sus puestos, ayes de estupor, gritos de desesperación: “Hallazgo de 61 cadáveres en Acapulco estremece a México”. La edición mexicana de su periódico El País prendió la paja con un cerillo Talismán: “El horror no sabe de cuentas. En un escenario de ultratumba, ocultos en un crematorio abandonado, fueron hallados 60 cadáveres entre ellos de algunos menores. Con la terrible sangre fría con que se tratan los hechos en México, las autoridades buscaron reducir la alarma ciudadana señalando que los cuerpos no habían sido mutilados ni calcinados, es decir que en apariencia no tenían las trazas habituales del narcoterror”.

Jan Martínez Ahrens, corresponsal de su periódico El País en México, se relamió los periodísticos bigotes y encabezó el coro de plañideras. Como una centella, las irresponsables autoridades quisieron reducir la alarma por el hallazgo macabro. Jan no se tomó el trabajo de averiguar, preguntar, leer. Vámonos tendidos: “el lugar se empleaba para abandonar a las víctimas de las bandas del narcoterror”.

Si Acapulco es una de las ciudades más peligrosas del mundo, inseguridad sólo superada por Caracas y San Pedro Sula, la aparición de un crematorio con cuerpos no puede sino ser una obra negra del narcotráfico. Para qué averiguar: “México se estremece”. La verdad sea dicha, su periódico El País ya no es lo que era, su noble ascendencia y abolengo pierde potencia día con día. Todo lo que sube tiene que bajar. Pero Gil se ha desviado. Volvamos al macabro hallazgo.

Cenizas falsas

Qué tiempos estos tiempos en que hablar de árboles significa militar en el partido verde y en que todo es falso de toda falsedad, hasta las cenizas de los seres queridos que fueron a parar al crematorio “Del Pacífico”, en Acapulco, Guerrero, en la carretera Cayaco-Puerto Marqués. Si usted ve una fotografía del crematorio, el alma se le va a los pies. Se trata de un bastimento de unos setenta metros. Dentro fueron encontrados los cuerpos, unos en avanzado estado de descomposición, otros en cal viva, Gamés no quiere imaginar el espectáculo.

A los familiares de los muertos les dieron ceniza de a mentiras. Como lo oyen: aquí están las cenizas de su querida madre. Transido de dolor, el deudo abrazaba una caja que contenía cenizas de unos trozos que el dueño del crematorio de marras (sí, gran palabra), Guillermo Estua Zardaín, había calcinado de tres palmeras. Nadie supo entonces que el cuerpo de la madre quedaba arrumbado al fondo del crematorio. Qué raro es todo.

Carlos Jiménez de su periódico La Razón estuvo en el lugar de los siniestros hechos (así se dice) y cuenta que vio los tambos llenos de ceniza de palmeras: “Ésas eran las que les entregaba a la gente y les decía que sus familiares ya habían sido cremados”, le dijo a Jiménez un policía que custodiaba el lugar.

Gil lo leyó en su periódico La Jornada, en una nota de Rubicela Morelos, corresponsal en Acapulco: antes de su desaparición, Guillermo Estua Zardáin, recuerda una de sus vecinas, le platicaba que tenía deudas, que su negocio ya no era redituable, que el gas para quemar los cuerpos estaba muy caro y que el recibo de la luz le llegaba muy alto. Caracho.

Vestida de novia

En su periódico El Universal puede leerse una trama de amor y oscuridad en una crónica de Vania Pineogut, corresponsal en Acapulco. Aarón Uriel García Pérez expresa su horror y coraje: “Todo salió mal. De nada sirvió pagar 18 mil pesos por la velación, la carroza funeraria y la cremación del cuerpo”. La madre de Aarón murió de un cáncer y ahora él está casi seguro de que uno de los 61 cadáveres es el de su madre pues ha visto una fotografía en la cual ella llevaba puesto el vestido de bodas que ella misma diseñó y con el que pidió a sus seres queridos despedirse rumbo al viaje final. La familia confió en la funeraria Manzanares y la funeraria Manzanares en Guillermo Estua Zardaín. Caracho, no somos nada.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y buscó la caja de finas maderas que contiene las cenizas de su madre. Gilga se acercó y con las manos en bocina sobre la boca le dijo: Mamá, ¿estás ahí? Lectora, lector, suena horrible, pero Gamés confiesa que nadie contestó. ¿Quién habita esa caja?

La máxima de Montaigne espetó dentro del ático de las frases célebres: “La muerte no te concierne ni vivo ni muerto; vivo porque eres, muerto porque ya no eres”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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