Opinión

El lenguaje del odio: de la palabra a la violencia


 

Limitado el uso de los medios tradicionales sólo a quienes tienen acceso a ellos, la era del ciberespacio ha democratizado el carácter extensivo y multiplicador de los medios.

 

Vuelan opiniones, felicitaciones, pésames, informaciones, poemas, libros, avisos, imágenes por todas partes. Si pudiera fotografiarse este incesante ir y venir, el mundo se vería cubierto por una red de tejido cerrado e intensidad abrumadora.

 

A la par que el lenguaje del amor, de la información, la cultura y la historia, vuela el lenguaje del odio. Saeta de mil aguijones, fuego que dispersa fuego.

 

Ojalá fuera una reflexión sobre un fenómeno abstracto. El lenguaje del odio nos ha alcanzado en campañas políticas, debates públicos, batallas de ideas o de dogmas, discusiones sobre preferencias políticas o sexuales, asuntos de interés público o trivialidades.

 

Y he aquí que, en este torrente, El Financiero encuentra en la red el odio dirigido a nombres y apellidos, seres de carne y hueso, concretos y específicos. Los bandos se desafían a golpe de amenazas y sentencias.

 

Los unos, autollamados anarquistas, apuntan a jefes policiales, destinatarios de su ira y de su amago. Los otros, presuntamente integrantes de cuerpos de seguridad del Distrito Federal, también señalan blancos. Son éstos, dicen, y enfocan su amenaza para la próxima batalla.

 

El enfrentamiento circunstancial entre manifestantes y agentes del orden público se convierte así en lucha de bandos que se conocen y se reconocen. El lenguaje revela el resentimiento que los separa y que, sin embargo, los une. Ambos bandos se retan, y a la vez incitan a sus compañeros a actuar de cierta forma, a atacar a cierto enemigo, a abatirlo si la ocasión se presenta.

 

Saben que habrá una próxima ocasión. Puesto que estás de aquel lado y yo de este, nos veremos. Ya no es la protesta ni el orden el motivo, sino la intención de agredir al otro. Pareciera que la oportunidad siguiente no será una batalla eventual sino una preparada.

 

Cuando se pregunta a funcionarios de la Secretaría de Seguridad Pública del DF acerca del llamado Agrupamiento Táctico Honorable, que supuestamente representa la voz de granaderos en Facebook, la respuesta es que no tienen una posición al respecto, debido a que los perfiles de los integrantes de esa corporación que aparecen en ese sitio lo crearon a título personal.

 

Sorprende la respuesta. Ya pueden sus agentes participar del peligroso juego de agresiones verbales y amenazas, siempre que lo hagan a título personal. A la autoridad corresponde la obligación de respetar y hacer respetar el Estado de derecho.

 

No será con violencia verbal como pueda hacerse frente a la palabra violenta. Frente a la arbitrariedad y el abuso de la libertad, debemos exigir de la autoridad vías institucionales, enérgicas si el caso lo amerita, pero siempre apegadas a la ley. Las instituciones deben ser capaces de proteger el orden al tiempo que se mantienen ajenas al rencor y a la venganza.

 

Ante el discurso del odio, frente a la relación equivocada de la palabra y la violencia, esperamos de la autoridad palabras y acciones a la altura de la responsabilidad que se le ha confiado.