Opinión

El lenguaje de las mujeres

 
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A mis maestras y colegas norteamericanas, en solidaridad.

“Toda teoría del sujeto se ha adecuado siempre a lo masculino”, afirmaba la feminista, filósofa y lingüista Luce Irigaray (Bélgica, 1930), quien destacaba que las características principales que representan a las mujeres no son genéticas, sino fabricadas por la sociedad y reforzadas por la educación, por la estructura económica y por el lenguaje.

La mujer es un ser colonizado por la fantasía masculina, con la elaboración de normas que reducen lo femenino a una construcción en la cual los hombres puedan proyectar su experiencia a través de figuras como la madre, la esposa, la puta, creando un orden falocéntrico que sirve exclusivamente a sus necesidades y deseos. Consecuentemente, una de las dificultades incesantes para las mujeres ha sido la de hacerse de su propia voz.

El sábado pasado se organizó en Washington una gran manifestación para protestar por la agenda ultraconservadora del nuevo presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, que fue bautizada “la marcha de las mujeres”.

En este encuentro, al que asistieron más de dos millones de personas, ya que replicó en otras ciudades de Estados Unidos y el resto del mundo, vimos una gran cantidad de lemas como: “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar”, “Nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio”, “Trump no puede encontrar nuestro clítoris”, “El futuro es femenino”, “Hombres contra los hombres contra las mujeres”, “Te vamos a dar unas Trumpadas, pendejo”, “Melania, parpadea dos veces si quieres que te salvemos”, “Respeta la existencia o espera resistencia”, llamados que colisionaban con el “Let’s make America great again”.

El nuevo mandatario, un showman televisivo, con una personalidad narcisista (no soy sicóloga, pero esa sería uno de mis diagnósticos), obsesionado por su imagen pública, y experto en el manejo de su cuenta personal de Twitter para difundir las incorrecciones políticas con las que ha deleitado a sus seguidores desde el principio de su campaña, trató de minimizar las manifestantes escribiendo: “Vi las protestas, pero me parece que acabamos de tener una elección. ¿Por qué esa gente no votó?”.

Dos días después, como respuesta a la marcha, el magnate, rodeado de otros siete hombres, firmaba una orden ejecutiva para negarle fondos a Planned Parenthood, una iniciativa que financiaba a organismos internacionales que se encargaban de temas como el aborto y la salud reproductiva de las mujeres alrededor del mundo.

La marcha de las mujeres, a la que se sumaron grupos LGBT, ecologistas, migrantes, artistas e intelectuales, y mucha gente sin afiliaciones particulares, supera por mucho la guerra de consignas, y muestra que el feminismo, con la pluralidad de voces que alberga, se ha convertido en el movimiento con mayor transformación de los últimos años. Estados Unidos tiene grandes artistas, intelectuales, académicas, mujeres que han transformado la sociedad como ningún otro movimiento y, paradójicamente, es un revés lo que lo confirma.

La victoria de Donald Trump ha sido percibida como un golpe de Estado orquestado por las corporaciones, los grupos religiosos, los supremacistas blancos, las grandes fortunas que utilizaron las reglas de la democracia para restituir el poder a una falocracia amenazada. Hemos aprendido que cuando ganan las mujeres ganamos todos. Y ante mecanismos democráticos que empiezan a fracturar el argumento de la democracia que empieza a atacarse a sí misma como una célula con cáncer, unas manifestantes exhibieron un atinado “Fuck you, orange Hitler”.

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