Opinión

¿El lago Erie cambiará su suerte?

¿Alguien recuerda esto, de Erick Erickson, editor de RedState.com?: “El estado de Washington ha convertido a sus residentes en un grupo de contrabandistas; cruzan líneas fronterizas estatales para comprar detergente de lavaplatos con fosfato”, escribió el Sr. Erickson en 2009. “¿En qué punto la gente manda al diablo a los políticos? ¿En qué punto se levantan del sofá, marchan a la casa del legislador de su estado, lo sacan y lo golpean hasta dejarlo hecho una masa sangrienta por ser un idiota? En cierto punto, pronto, va a pasar”, afirmó.

Sí, porque no existe motivo alguno para que políticos entrometidos interfieran con los derechos que Dios les ha dado a los estadounidenses a usar fosfatos como quieran.

Ah, esperen.

Según un artículo publicado a principios de mes en The New York Times sobre Toledo, Ohio: “Fue necesario un duro golpe fortuito de toxinas y la pérdida de agua potable para medio millón de residentes para hacer comprender lo que los científicos y las autoridades del gobierno han estado diciendo durante años en esta parte del país: que el lago Erie está en problemas, y que está empeorando año con año.

“Inundado por mareas de fósforo lavado de granjas de cultivo fertilizadas, engordas de ganado y sistemas sépticos con filtraciones, el más intensamente desarrollado de los Grandes Lagos cada verano se ahoga más con gruesas marañas de algas, en gran parte venenosas”.

Es cierto que las granjas son el principal problema, pero cada parte hace su daño.

Ah, y en lo que respecta a las obvias inquietudes de salud y seguridad pública asociadas con la contaminación del escurrimiento de las granjas, bueno, ya sabe qué pasa cuando la Agencia de Protección al Ambiente (EPA, por su sigla en inglés) intenta hacer algo en cooperación con los gobiernos estatales: “A principios de este año, un grupo de 21 procuradores estatales de justicia de sitios tan lejanos como bahía Chesapeake y Alaska y Wyoming presentaron un informe en calidad de amicus que apunta a derribar el plan de limpieza del EPA en Chesapeake”, escribió en abril Katie Valentine en ThinkProgress.org. “Los procuradores sostienen que el plan de limpieza genera graves preocupaciones respecto a los derechos de los estados, y les preocupa que si el plan se deja en pie, la EPA podría promulgar límites de contaminación similares en líneas divisorias de aguas como el Misisipi”, indicó.

Hasta donde sé, no hay una campaña de negación de fosfato bien organizada que insista en que el escurrimiento no tenga nada que ver con el florecimiento de las algas. Pero estoy seguro que surgirá una conforme se acerque una política de acción.

El empírico contraataca


Si el cambio climático no lo espanta, y si nuestro fracaso para actuar no le inspira desesperación, no está prestando atención. Y el gran pecado de los detractores del cambio climático es su papel en el retraso de la acción, muy posiblemente hasta que sea demasiado tarde.

Pero hay otros males más chicos, y uno que me pega de cerca es la campaña de destrucción personal librada contra Michael Mann.

El Sr. Mann, como quizás sepan algunos, es un científico trabajador que utilizó evidencia indirecta de anillos de árboles y núcleos de hielo en un intento para crear un historial climático de largo plazo. Su resultado fue el famoso gráfico de “palo de hockey”, que mostró temperaturas en rápido aumento en la era de la industrialización y consumo de combustibles fósiles. Su recompensa por ese duro trabajo no fueron simplemente las afirmaciones de que estaba equivocado (cosa que no es así), sino un esfuerzo concertado para destruir su vida y su carrera con acusaciones de negligencia profesional que envuelven a los sospechosos de siempre de la derecha pero también a funcionarios públicos, como el exprocurador general de Virginia.

Como puede imaginarse, me parece fácil ponerme en los zapatos del Sr. Mann; obviamente a mucha gente le gustaría hacerme lo mismo, aunque (¿aún?) no han encontrado una línea de ataque adecuada.

Ahora, pasemos a la noticia ligeramente alentadora: en 2012, el Sr. Mann demandó por difamación a National Review. Y tal como lo señaló este mes D.R. Tucker en Washington Monthly (bit.ly/1yrM409), la última respuesta de la revista se parece mucho a una publicación con miedo.

¡Felicidades al Sr. Mann por defenderse! Nos está haciendo un favor a todos.