Opinión

El jueguito de irse del PAN al PRI

Se trata de una práctica que se ha vuelto muy común en el estado de Coahuila, particularmente en el área de La Laguna. De un tiempo a la fecha se presenta –esa práctica- casi cada vez que hay elecciones. Es decir, muy seguido, pues esta entidad padece un atroz calendario electoral, que es verdaderamente de espanto. De cada diez años que usted seleccione al azar, en ocho de éstos hay proceso electoral.

¿Por qué es así en la tierra de Madero? Muy sencillo: por obstinarse en no hacer coincidir en el tiempo los distintos tipos de elecciones: locales y federales, de gobernador, de diputados locales y de ayuntamientos, con el agravante de que las de estos últimos contribuye a hacerlas más dispersas, en razón de que en Coahuila el periodo de las autoridades municipales es de cuatro años, no de tres como es en todo el resto del país.

El hecho es que Coahuila, para todo efecto práctico, está en proceso electoral cuasipermanente. Pero este no es el punto. Sólo se quiere hacer notar la mayor frecuencia (¿o se debe decir “incidencia”? ¿o tal vez “ocurrencia”?) con que ahora se presenta la “práctica” a que se hizo referencia al principio, sin decir expresamente en qué consiste.

Se trata de que en Coahuila es ya parte del paisaje electoral que el PRI convoque a rueda de prensa, las más de las veces en plena campaña, como sucedió en Torreón en días pasados, para presentar a los medios a los desertores –para no llamarlos de otra forma- que de Acción Nacional se pasan al bando del que aquí no sólo es simple partido oficial sino el gobierno mismo, que a su vez en estas sufridas latitudes no es otra cosa que mero bandidaje organizado, y muy bien organizado por cierto. Aunque la definición es de San Agustín, llamar así al gobierno de Coahuila no es una expresión de desahogo, descalificación.

A esos pobres infelices deserteros, que el priismo presenta como trofeos de caza, algunos los llaman traidores. Yo no creo que lo sean. Parto del supuesto, discutible quizá, de que sólo las convicciones se traicionan. Que no es su caso. Porque llegaron al PAN, ya queda claro, por lo mismo que ahora se van al PRI. Para alcanzar beneficios, gajes, prebendas, dinero, puestos, candidaturas, vida fácil y regalada.

En el fondo, ellos y por fortuna también el público, saben que esa es la verdad. Y saben, o deberían saber esos desertores, que Gómez Morín, el gran mexicano del siglo XX, convocó al cumplimiento del deber político bajo el conocimiento de que en nuestro país no es una tarea fácil, que se trata más bien de un esfuerzo permanente, duro e incomprendido; de una lucha sin descanso, de “brega de eternidad” en la que, lo expresó claramente en la asamblea fundacional del PAN, “aquí nadie viene a triunfar ni a obtener, sino sólo a trabajar y decidir lo que ha de ser mejor para México”.

Lo curioso –o terrible- del caso, aunque se da en menor medida, es que también viene sucediendo por estos mismos tiempos preelectorales que algunos priistas públicamente se convierten en panistas. Así ocurrió en Monclova hace algunos días, igual que en otras campañas electorales. Si se trata de algo inducido, qué mal. Aunque espero que no sea así, pues de serlo estaríamos frente a algo indebido, éticamente incorrecto y pésimo.

Más bien, como se hizo en Venezuela antes del chavismo, los partidos deberían ponerse de acuerdo en ciertos puntos para evitar este transfuguismo que tanto desprestigia a la política, como precisamente lo ejemplifica muy bien la dolorosa experiencia venezolana.

En resumen, no me sorprende que estos desertores se hayan ido al PRI. Qué bueno, y así les irá. Lo que me extraña es cómo y por qué llegaron a ser admitidos en Acción Nacional. Y más todavía, cuántos aún de este mismo género siguen en las filas del partido de Gómez Morín. Incluidos lamentablemente los de ilustres apellidos panistas.