Opinión

El juego de desdoblarse

 
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Lygia Clark

Lygia Clark nació en octubre de 1920 en Belo Horizonte, Brasil. Artista incansable, persistente, que además de hacer dibujos, esculturas, acciones, fue escritora, profesora, activista y madre de tres hijos.

Si tomáramos una obra temprana de Clark y una tardía, jamás pensaríamos que fueron hechas por la misma autora. Sin embargo, al observar el cuerpo de obra completo resulta extrañamente natural la evolución que su discurso siguió. Cada pieza constituye un avance milimétrico hacia el sentido final que alcanzó el conjunto de su propuesta. La retrospectiva es un ejercicio fácil, pero en los años que realiza su trabajo el artista se mueve 'a ciegas', paso a paso, sin saber a dónde la va llevando su propio quehacer.

Si uno hiciera un flip book cronológico de la obra de Clark, vería que al comienzo había sólo una línea blanca dibujada entre planos negros, que iba creciendo, haciendo espacio en el papel, empujando hacia los bordes los planos que la querían ocultar, enchuecándolos. Transcurrieron años en el ejercicio del dibujo para que la esquina pudiera liberarse y, a partir del desdoblamiento y del juego tridimensional, aparecieron los célebres Bichos (1960), esculturas geométricas que los espectadores (ella los llamaba “participantes”) podían manipular y transformar.

Clark avanzó, su obra la llevó a piezas como Ropa-cuerpo-ropa (1967), un traje hecho para parejas, cuyas aperturas les permitían, a través de la exploración táctil, experimentar una sensación femenina en el hombre y masculina en la mujer.

La artista dejó de interesarse en los objetos por sí mismos y en la relación que guardaban con el espacio, para sumergirse en la transacción que generaban con los individuos. Los utilizó como herramientas de autoconocimiento en lo psicoanalítico, lo político, lo ritual y lo esotérico.

Si en Estados Unidos tomó más de tres décadas para que la obra saltara de la pared al piso (de 1940 a 1970), Clark lo sintetizó y lo llevó más allá del arte, del cubo blanco, de la teoría y la academia; la transportó al campo de lo humano, de lo ritual, de la transformación, del renacimiento. En obras como La casa de cuerpo (Bienal de Venecia, 1968) un útero que conducía a los participantes hasta un parto
–recorrido generosamente didáctico del momento en que todos alcanzamos la luz–, la artista se convertía en una figura casi chamánica.

El hilo conductor entre la primera pieza de esa joven Clark con el trabajo del final de su carrera es el vínculo que conecta la geometría abstracta con lo humano y lo espiritual.

A través del tesón y de la experimentación, Clark se liberó de todas las restricciones. ¿Podría haber logrado este amoroso ejercicio de libertad si no hubiera sido mujer y latinoamericana? No lo creo.

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