Opinión

El joven y el elefante

   
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EPN y Donald Trump. (Reuters)

En los años 20 un joven oficial británico de apellido Blair mató, contra su mejor juicio, a un elefante que andaba suelto cerca de un poblado de Birmania (hoy Myanmar). Al escapar, el elefante había aplastado a una persona, pero ya estaba lejos de la aldea y no representaba ninguna amenaza. Blair no llevaba armamento con la potencia necesaria. Sin embargo, decidió matar al elefante de todas formas porque una multitud expectante lo alentaba. Blair pensó que, si no actuaba de inmediato, su posición como autoridad del poblado quedaría en entredicho. Tras el primer disparo del modesto rifle de Blair el animal no sucumbió de inmediato —como la multitud esperaba—; sólo emitió un quejido de dolor. Tampoco fueron suficientes todas las municiones que Blair llevaba consigo, ni un segundo rifle. Siguió una larga y patética agonía que Blair no pudo tolerar; dejó el lugar con un nudo en el estómago y humillado. Después del traumático episodio, Blair regresó a Inglaterra, dejó su carrera en la policía colonial y se dedicó a escribir. Con el seudónimo de George Orwell, Blair escribió brillantes novelas de denuncia a la injusticia y el autoritarismo, que se encuentran entre las más celebradas de la literatura del siglo XX.

Hasta aquí la historia del joven Blair. De regreso a la actualidad mexicana, me uno a la afición que se dedica a especular sobre el significado de los movimientos recientes en el gabinete presidencial. En lo que toca a los cambios que el presidente presentó la semana pasada se ha dicho de todo. Para algunos, con el relevo en la Secretaría de Hacienda la candidatura del PRI ya se le entregó en charola de plata al secretario de Gobernación. Otros dicen justamente lo contrario, que a Osorio Chong en realidad se le relega al retirar de su equipo a Luis Miranda, persona del círculo más cercano a Los Pinos.

Lo cierto es que el presidente decidió mandar a su casa a Luis Videgaray, un hombre que acumuló enorme poder en la actual administración. El dato no es menor. Hasta ahora, ninguna de las principales figuras con las que Peña Nieto entró al gobierno en 2012 había sido del todo defenestrada. Incluso Jesús Murillo Karam, desgastado por la investigación del caso de los estudiantes desaparecidos en Iguala, recibió refugio temporal en la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano. Es muy difícil pensar que la salida de Videgaray del gabinete no sea una estrategia de control de daños, tanto con la opinión pública en casa, como con Hillary Clinton, la indiscutible puntera para la elección de noviembre en Estados Unidos. Si hubiera sido otra la razón, el presidente hubiera esperado un poco más, en lugar de salir a anunciar el cambio pocos días después de lo que ha sido calificado como el peor desastre de relaciones públicas del sexenio.

Por supuesto, no deja de sorprender que el presidente cometiera un error tan grande que lo obligara a sacrificar a quien ha sido uno de los dos pilares de su equipo. También parece inaudito que el presidente y el secretario de Hacienda tomaran un conjunto de decisiones que —vistas después de los hechos— se interpretan como errores tan rotundos. Sin embargo, es necesario entender que las personas en posiciones de poder actúan bajo presiones y restricciones fuera de lo normal, y que sus errores responden también a una lógica particular. La breve historia del joven Blair que describí líneas arriba es retomada por el historiador Zachary Shore en su magnífico libro Blunder, como un ejemplo para ilustrar la "ansiedad por exposición". La ansiedad por exposición, la necesidad de demostrar fuerza cuando nos sentimos observados, es una de las causas más recurrentes de error por parte de personas en posiciones de autoridad. Quienes la padecen tienden a intentar cualquier cosa con tal de mantener su posición de liderazgo.

Siguiendo esta línea de pensamiento, cuando el secretario de Hacienda y el presidente analizaron la propuesta de invitar a Donald Trump, muy probablemente ignoraron las alternativas que parecían más sensatas (no invitarlo o al menos hacer de la visita un asunto discreto). Como el joven Blair, al sentirse observados por otros miembros del gabinete y de su círculo inmediato, Peña y Videgaray probablemente sintieron la necesidad de mandar un mensaje que reforzara su autoridad: ellos tenían la capacidad para traer a Donald Trump y manejar la situación. En ese momento, darle mucha importancia a la opinión pública, a lo que pudiera decir o hacer el candidato Trump o a la reacción de Hillary Clinton, hubiera implicado desde su percepción mandar una señal de debilidad.

En determinadas circunstancias, se sigue esperando que el presidente de México se comporte como un tlatoani, que por su sola investidura tenga autoridad para lograr cualquier cosa. Si a esto sumamos la tensión que debe generarle su baja aprobación pública y las recientes acusaciones de plagiar partes de su tesis de licenciatura, se explica que la ansiedad por exposición nublara su juicio y el de su círculo inmediato. Desafortunadamente, la visita del elefante se concretó (curiosamente el elefante es, por así decirlo, la mascota del partido republicano). Cuando el presidente tuvo al elefante Trump en Los Pinos, ya era demasiado tarde. Era claro que aquello acabaría mal.

Twitter: @laloguerrero

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