Opinión

El insaciable derecho a la educación

No cabe duda de que una sociedad educada, bien educada y cultivada, da como resultado un país ordenado, plural, tolerante e incluyente, culto e igualitario, a la postre, un país desarrollado. México tiene esa aspiración natural y es un camino emprendido en el que no debe existir retorno alguno. De conformidad con lo dispuesto por el artículo 3 de la Constitución, es un Derecho Humano y una garantía constitucional y una decisión del pueblo de México que todo individuo tenga derecho a la educación, y que aquella que imparta el Estado se base en los resultados del progreso científico, luche contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los perjuicios.

El propósito de la reforma educativa emprendida por este gobierno busca la recuperación de la soberanía estatal en materia educativa, como medio para lograr un objetivo muchas veces descarrilado: evaluar a los maestros, siempre sin merma de sus derechos laborales, para edificar una base sólida a partir de la cual los niños de México reciban los conocimientos y la educación que se merecen y que, en el largo plazo, podrá hacer de ellos ciudadanos independientes y emprendedores.

Es en medida de este discurso recurrente que todo mexicano tiene el legítimo anhelo y el perfectamente válido derecho de aspirar a gozar de una educación de excelencia. Una educación que, además, deberá ser gratuita, auspiciada por el Estado como vehículo para erradicar la desigualdad social.

Pero en una sociedad que se ha desbordado por su crecimiento demográfico, que ha sido asediada desde su origen por la desigualdad, y que ha encontrado en la cercanía con una pluralidad de mercados un camino de crecimiento a través de la producción y las exportaciones, a través de políticas de orden netamente liberal, se ve obligada a valorar, con la frialdad científica que marca la esencia de la educación pública que imparte, cuál es la política educativa que se debe de emprender para ocupar verdaderamente a su gente.

La educación por sí misma es buena y debe ser un ingrediente necesario para el enaltecimiento del ser humano. Es preciso que los procesos educativos se conserven y se mejoren. Sin embargo, la educación profesional como única vía para la ocupación y el éxito monetario puede estarnos llevando por un rumbo equivocado, porque se desdibuja y deteriora la importancia que tiene el otro tipo de educación que se abandona: la educación técnica, no asociada a un título profesional.

La construcción del silogismo que llevó a tantas familias mexicanas a migrar de las clases bajas a las clases medias a través de la obtención del grado de licenciatura en las aulas universitarias no puede continuar. Los escenarios de crecimiento nacional en el corto plazo demandan una visión más plural del fenómeno y de la conveniencia de redireccionar la educación, con el objeto de consolidar una clase trabajadora más técnica y menos licenciada, porque los generadores de empleo buscarán ese capital humano, precisamente.

En las condiciones actuales de desarrollo del país, la educación en grado de licenciatura no está permitiendo que muchos titulados encuentren ocupación a la altura de las expectativas planteadas --de ahí el vergonzoso crecimiento de la generación de quienes peyorativamente se han identificado como profesionistas que ni estudian ni trabajan--. La obligada y relativamente sencilla profesionalización de los jóvenes está convirtiéndose en un filtro terriblemente injusto en su perjuicio; un escalón muy fácil de ascender y desde el que caen al abismo de la insuperable frustración del desempleo.

Las demandas elevadas por los estudiantes del politécnico comprueban la necesidad de establecer programas educativos incluyentes, bien soportados, que miren por su preparación en función de su capacidad de ser empleados. La educación no choca con su vocación estudiantil, pero el éxito de su preparación y el grado que se alcance, sí puede estar en oposición con las oportunidades laborales.

Más que ceder alrededor de las demandas de los estudiantes, es un buen momento para diferenciar entre la educación como meta personal y la obtención de la licenciatura profesional como un vehículo de movilidad social; de proponer la identificación de los requerimientos laborales del mercado como criterio de evaluación necesaria que debe considerar el estudiante; y, de pensar en la construcción de un proceso educativo que vincule la felicidad nacional a la educación, pero desvincule la idea de la titulación de licenciatura como única expectativa de desarrollo económico individual.

Si como mexicanos gozamos del Derecho Humano a ser educados, busquemos en el ejercicio de la correcta educación el éxito del que depende la verdadera observancia de los postulados constitucionales. Para que nuestro anhelo se vea satisfecho, la educación debe materializarse a través del bienestar del educando, a través de su empleo.