Opinión

El increíble y triste regreso del cándido burócrata-empresario

Sergio Negrete Cárdenas

Los actuales gestores de Pemex tienen un inusitado genio empresarial, o al menos eso creen. Lo malo es que probarán sus ideas con los recursos del contribuyente.

Regresa esa especie que en México se había declarado extinta: el burócrata-empresario. En su apogeo, el Estado mexicano tuvo 1,155 paraestatales con muchas (grandes y pequeñas) fuera de control. Una anécdota cómica (o trágica) al respecto es cuando el presidente Salinas encargó a Pedro Aspe, titular de Hacienda, investigar si el gobierno federal tenía vacas lecheras. No fue fácil para Aspe descubrir que sí y que su manejo estaba, para su sorpresa, en la propia SHCP. El Estado era orgulloso dueño, sin recordarlo, de Leche Boreal. Y esto fue después de varios años de ventas de paraestatales no estratégicas. Por lo visto ordeñar vacas, o al erario, era algo prioritario.

Pemex anunció en días recientes la compra de Agro Nitrogenados, S.A., propiedad de Altos Hornos de México. El hecho es que la planta lleva parada, y aparentemente sin mantenimiento, 14 años. Entre lo que costó comprarla y lo que será necesario gastar para que arranque en 2015, se proyecta gastar unos 6,400 millones de pesos.

Será un negociazo, o al menos eso argumenta Pemex. Una planta similar costaría, señala, entre el doble o el triple, y tardaría cuatro años en construirse. El Director General de la paraestatal, Emilio Lozoya, apuntó además que el terreno donde se encuentra, en Veracruz, es estratégico para comercializar energéticos con naciones asiáticas. Si los socios de AHMSA están ahora furiosos por el filón que (según esto) malbarataron, han sido muy discretos al respecto. Es igualmente sorprendente que ninguna otra empresa privada percibió tal ganga mientras la planta acumulaba óxido desde 1999. Lo único aparente es que una de las dos partes pecó de enorme candidez.

Pemex, además, debe aportar algo adicional a la nueva empresa para que funcione: amoniaco. Pero para producirlo habrá que rehabilitar otra planta. El costo adicional será de 2,200 millones de pesos. Todo combinado, con gas natural importado de Estados Unidos, hará que la petrolera se convierta en… una gran productora de abono.

¿Qué se busca? Reducir dramáticamente las importaciones de fertilizantes y, además, venderlos a precios asequibles a agricultores que hoy no pueden permitirse ese lujo. Todo ello permite deducir que Pemex será un productor mucho más eficiente de abono que de petróleo, o bien que tendrá que subsidiar los fertilizantes con la misma generosidad que ha tenido en años recientes con la gasolina. Como en los mejores tiempos de Luis Echeverría, el Estado se erige en generoso industrial y afanoso sustituidor de importaciones.

Hace pocos días, Lozoya también dijo que las inversiones futuras de Pemex y empresas extranjeras, gracias a la reforma energética, pagarán elevados impuestos y permitirán contar con más recursos para hospitales, escuelas y carreteras. Lo raro es que en este negocio la paraestatal optó por usar 8,600 millones en producir abono. Mejor hubiera sido asociarse con otras empresas del ramo, o concursar la compra masiva de fertilizante al menor precio posible, para posteriormente venderlo (si se quiere hasta con pérdidas). Ciertamente, el genio empresarial del burócrata no habría sido aparente.

El cierre del comunicado anunciando la compra es un poema: “Con esta operación, Pemex cumple su compromiso con el campo mexicano, el Plan Nacional de Desarrollo y con las iniciativas del Presidente Peña Nieto de un México Próspero”. La única prosperidad segura hasta ahora, cortesía de los nuevos burócratas-empresarios, es para los socios de AHMSA.