Opinión

El incapaz y los militares

   
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Trump

Este martes, Donald Trump inició su campaña de reelección a la presidencia, que ocurrirá en 2020. El primer evento amplio ocurrió en Phoenix, Arizona, en donde habló una hora y cuarto frente a una multitud que lo apoyaba irreflexivamente. Dedicó mucho tiempo para explicar a sus seguidores cómo los medios de comunicación alteran lo que él dice, repitiendo su declaración inicial acerca de los hechos ocurridos en Charlottesville el sábado 12. Como es normal en él, mintió acerca de la cantidad de personas que se manifestaba en su contra en el exterior del auditorio, refirió de forma incompleta su propia declaración, y calificó a periodistas y comentaristas de los medios de comunicación como enemigos del país.

Habló de una gran cantidad de temas, manteniendo siempre el tono agresivo y promotor de división que le caracterizó durante la campaña presidencial, sin considerar en absoluto su nuevo papel como presidente. Aseguró que es capaz de detener el funcionamiento del gobierno si no le autorizan la construcción del muro (aunque ya no hizo referencia a que México lo pagará), sostuvo que la renegociación del TLCAN no le parece relevante porque él cree que es mejor salirse, desacreditó e insultó a los dos senadores por Arizona, ambos del partido Republicano, y calificó sus primeros siete meses como los mejores en la historia de Estados Unidos.

La palabra que más se escuchó por la noche entre comentaristas de televisión y redes sociales en ese país fue “desquiciado”. Muchos de ellos creen que Trump está fuera de la realidad por completo, pero algunos sugieren que más bien está haciendo lo correcto en la lógica de una campaña de reelección, consolidando su base de votantes. Como es frecuente, hay algo de razón en ambas cosas. No cabe duda de que una parte de sus votantes, la más escandalosa, respalda al Trump que vimos en Phoenix, que sin duda parece desquiciado a los ojos de la interpretación política tradicional, y mayoritaria.

Esto es algo muy importante de entender: las reglas con las que funcionamos como sociedad dependen en buena medida de la actitud razonable de los participantes. Si alguien actúa irrazonablemente, la aplicación de las reglas puede resultar tan complicada que ese alguien acaba ganando. La campaña electoral de Trump fue un gran ejemplo de ello. Algo similar ocurre con el funcionamiento de la presidencia de un país, que depende del comportamiento razonable de quien la ocupa. Por ejemplo, no hay mecanismos de control para impedir que un presidente de Estados Unidos pueda actuar de forma irrazonable con los códigos nucleares. Peor aún, el pedestal que significa ser presidente puede usarse para polarizar y dividir la nación, poniendo en riesgo la estabilidad política, e incluso alentando la posibilidad de violencia que, en el extremo, es una guerra civil.

El peligro que implica una persona irrazonable en la presidencia de Estados Unidos es de tal magnitud que las fuerzas armadas han tomado el control. John Kelly, jefe de gabinete, es el primer general en ocupar ese puesto desde 1973 (Alexander Haig con Nixon en la presidencia); el consejero de Seguridad Nacional ha sido militar en varias ocasiones, como es el caso actual con McMaster, pero tampoco es algo frecuente. Sólo 9 de los 64 años en que ha existido el cargo. Y la secretaría de Defensa me parece que no había sido ocupada por un general desde los tiempos de George C. Marshall, hace 66 años. Ellos tres parecen ser lo que impide el derrumbe de la presidencia de Trump, pero es una barrera frágil, y por eso el líder Republicano del Senado ha empezado a sondear la posibilidad de removerlo por in-capacidad.

Vivir para ver.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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