Opinión

El imperativo de la igualdad

 
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Paseantes en la Alameda. (Cuartoscuro/Archivo)

Acostumbrados a crecer poco y a sobrevivir mucho, los habitantes de lo que solíamos identificar como el Tercer Mundo deberíamos poner nuestra experiencia al servicio de la humanidad porque está cerca de iniciar la aventura de una “normalidad” cargada de malos augurios, dominada por fuertes tendencias a un estancamiento secular y cruzada por los tambores de una guerra que puede devenir mundial por sus alcances pero que no será como las del pasado, con su parafernalia bélica y sus efectos directos e indirectos, masivos, sobre el nivel de empleo, etcétera.

Entre los drones y la teledirección global de mortíferos proyectiles queda poco espacio para la infantería, mientras que la navegación marítima busca diversas formas de robotización; no se trata del Brave New World que nos narrara Aldous Huxley como primera aproximación a las distopias del cambio de siglo, sino de realidades salvajes y violentas capaces de asolar países y territorios, previamente abatidos por los inclementes impactos iniciales del cambio climático.

Ante estos panoramas, aquello de que la nuestra es la “ciencia lúgubre” por hacerse eco de las profecías del monje Malthus queda en calidad de juego electrónico para infantes; en medio de una renovación tecnológica gigantesca, las capacidades auto destructivas del sistema político económico dominado por la concentración delirante de riqueza y medios de producción y destrucción apuntan hacia otra dirección, una suerte de Blade Runner expandido organizado para gestionar la escasez y contener la protesta, la desviación o el reclamo memorioso de justicia que ha iluminado las mejores gestas de los dos siglos pasados.

Aproximarse a ese estancamiento de larga duración no es todavía una experiencia generalizada del mundo que surgió de la modernidad y forjó el capitalismo; de hecho, habría que imaginarlo como un escenario transicional hacia alguna forma de reproducción humana capaz de dominar sus propias tendencias auto destructivas para dar lugar a nuevas formas de existencia dispuestas a la cooperación y a diseñar una austeridad del todo distinta a la que se ha impuesto.

Tremendistas sin duda, estos son panoramas que se entrometen una y otra vez cuando de imaginar un futuro poscrisis se trata. Por más que lo busquemos, no hay a la vista un Keynes redivivo capaz de iluminar el porvenir con utopías y caminos transitables para acercarse a ellas.

No muchas han sido las voces que se han levantado para contribuir a un mejor entendimiento de lo ocurrido desde 2008 para otear el porvenir con mejores telescopios que los que ofrecen la convencional econometría o la sin duda audaz prospectiva, o la no menos aventurada futurología. En nuestra tribu, las incursiones de estudiosos como Rodrik, Gordon, Stiglitz y Krugman, en Estados Unidos, Skidelsky o Michael Roberts en Inglaterra o Wolfgang Streeck de Frankfurt, nos ilustran y previenen sobre la dificultad profunda que la crisis sacó a la superficie así como del arduo camino a recorrer para dejar atrás el hipnótico trayecto del estancamiento que, de volverse secular, sumirá al sistema económico en su conjunto en una pesadilla en serie, cruzada por toda suerte de violencia individual, grupal, nacional.

Desde estas tierras, de nuevo sumidas en una recesión depresiva con el fin del auge de las materias primas o acostumbradas a los ritmos cansinos del cuasi estancamiento, como ocurre con nosotros, se plantea la posibilidad desde este “hoyo que no tiene fondo”, para recordar un inolvidable viaje por los territorios agrestes de San Quintín y los dichos al alimón del Tuti Pereyra y Pepe Wondenberg sobre aquella crisis de los ochenta, de reinventarnos el camino al desarrollo desde la plataforma de derechos y equidad formulada por la CEPAL desde fines del siglo pasado y ampliada por la “trilogía” de la igualdad puesta en circulación por Alicia Bárcena y sus colegas de la Comisión a partir de 2010.

Ahora en el Imperativo de la igualdad, publicado este año por Siglo XXI editores, Alicia Bárcena y Antonio Prado nos llevan por un notable tour de forcé por la encrucijada latinoamericana, democrática y desigual como nunca, potente y postrada como antaño, para sintetizar magistralmente su argumento por la igualdad como el ariete insustituible para recuperar y potenciar la idea y la práctica de un desarrollo que volvió a ser esquivo, cuando no extraviado. Las distopias no se combaten con utopías de ocasión, pero sí con “fantasías organizadas” como las que nos contara Celso Furtado y que hay que reeditar en esta hora gris.

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