Opinión

El horror a la política

 
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Orwell o el horror a la política. (http://acuarelalibros.blogspot.mx/2010/03/george-orwell-o-el-horror-la-politica.html)

George Orwell sigue siendo el mayor profeta de nuestro tiempo. Su descripción de la sociedad totalitaria e hipervigilada, donde las palabras –democracia, poder, sociedad, pueblo, por ejemplo– sirven para mentir y engañar, es desoladoramente actual. “No veo que exista –afirma Simon Leys– un solo autor cuya obra pueda tener para nosotros una utilidad práctica más urgente e inmediata”.

Orwell imaginó una sociedad monstruosa donde todos los actos, públicos y privados, eran vigilados por un poder central omnímodo. Esa pesadilla futurista se aproxima mucho a nuestra realidad. Big Brother ha dejado de verse como una profecía terrible y es hoy un programa de televisión en el que sus participantes aceptan de buen grado esa nefasta intromisión. La gran novela de Orwell, 1984 (título que invierte los últimos números del año –1948– en que fue escrita) describe “completa, coherente y verídicamente el abismo totalitario al borde del cual nos hallamos hoy tan precariamente suspendidos”, escribe Simon Leys en su extraordinario libro Orwell o el horror a la política (Acuarela & A. Machado, 2015).

Orwell fue, según Bernard Crick –su mejor biógrafo–, un hombre completamente determinado a enunciar verdades difíciles de decir.

Sobre todas las cosas, fue un escritor político. Paradójicamente su originalidad está cimentada en un profundo odio a la política. Su contemporáneo Cyril Conolly dice que Orwell era incapaz de sonarse la nariz sin lanzar un discurso sobre la situación de los obreros oprimidos que fabricaron el pañuelo. Abogaba por lo política para proteger mejor los valores no políticos, como la decencia y la honradez. Para Orwell, la política implicaba violencia y mentira. Ese horror nació de su experiencia en la Guerra Civil española luego de ver que los comunistas estaban más preocupados por combatir a los anarquistas que peleaban en su bando que contra las fuerzas franquistas. Su aborrecimiento de la política se acrecentó después, cuando de regreso a Inglaterra los medios de izquierda se negaron a publicar su testimonio “para no darle armas al enemigo”. Padeció entonces el silencio y la calumnia. Escribe Orwell: “lo que he visto desde entonces del funcionamiento de los partidos de izquierda me ha provocado horror a la política.” Ese horror, ese odio, fue el combustible que impulsó la creación de sus tres obras maestras: Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y 1984.

Orwell no fue, pese a su crítica feroz del totalitarismo, un escritor liberal. Su lucha antiautoritaria la hizo en nombre del socialismo que, para él, dice Leys, “era una causa que movilizaba todo su ser.” Un socialismo problemático, hay que decirlo. Ignoraba completamente el marxismo, sentía un desprecio total por los intelectuales socialistas y “maldecía el conjunto de la experiencia comunista”. Creía que “todas las revoluciones son un fracaso”. Sabía muy bien que “el colectivismo lleva a los campos de concentración, el culto al jefe y a la guerra”.

Percibía claramente que la economía centralizada constituía una grave amenaza para la libertad individual. “Mi novela –escribió a propósito de 1984- pretende mostrar las perversiones a las que se expone una economía centralizada y que ya han sido parcialmente materializadas en el comunismo y el fascismo.” Para Orwell, los valores socialistas eran la justicia y la libertad. Su defensa encarnizada del individuo, su aversión a la burocracia y sus clichés, su denuncia del colectivismo, lo sitúan hoy, afirma Leys, como un “anarquista conservador”. En vez de leerlo y comprenderlo, sigue Leys, la “persistente estupidez de la izquierda” se ha dejado “confiscar de manera escandalosa al más potente de sus escritores”.

Orwell sintió siempre un hondo desprecio por la alta sociedad a la que pertenecía, por cuna y estudios. Las páginas de Leys en las que muestra cómo se disfrazaba de proletario para fraternizar con los oprimidos son notables. En cualquier momento podía cambiarse de ropa e ir a conversar con sus amigos sobre Joyce y Eliot. La literatura fue la preocupación central de su vida. En este campo su mayor aporte fue la trasmutación del periodismo en arte, mucho antes de que lo intentaran Capote y Mailer. Fue un hombre de una integridad absoluta. Su lucha contra el totalitarismo y la corrupción política de la lengua lo convierten en un autor más actual que la mayoría de nuestros contemporáneos.

Sus libros son una jarra de agua helada en el rostro de los conformistas.

Un hombre verdadero e intachable.

Twitter: @Fernandogr

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