Opinión

El hartazgo de Vidulfo Rosales

 
1
 

 

Ayotzinapa. (Alejandro Mélendez)

¿Qué haríamos sin las escuchas clandestinas? Gracias a una de ellas y de quien esté interesado en darla a conocer, nos hemos enterado del estado de ánimo del abogado que representa a los padres y madres de los muchachos desaparecidos en Iguala, Guerrero, hace más de un año.

Lo primero que advertimos es que tiene una relación estable, con quien supuestamente es su mujer. Con ella habla de sus deudas, su preocupación por la paga, lo mucho que extraña a ella, a su hijo y, de lo harto que está de lidiar con los padres de las víctimas. De esos familiares que mucho han padecido y siguen padeciendo sin saber exactamente cuál fue la suerte de sus hijos. Todos entendemos su desazón y el dolor que han paseado por los cuatro rincones del país. Lo que no sabíamos y hoy conocemos, gracias a esa clandestina grabación, es que los padres varones son muy poco solidarios con las madres mujeres. No les brindan atenciones, se aprovechan de su fortaleza para ser los primeros en subirse o bajarse de los camiones que los transportan, esperan que la comida les llegue en platos ya servidos, los baños parecieran pertenecerles y, como él mismo dice: “siempre esperan ser apapachados”. Vidulfo Rosales es un abogado que pertenece al Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, organización no gubernamental especializada en la defensa de grupos indígenas que habitan la sierra de Guerrero.

En la conversación que tiene con su mujer, muestra que los padres son poco caballerosos con las mujeres, y se queja de este modo: “a todos les da por bañarse en medio del frío; pinches indios piojosos”. Un espacio de su charla suena a un gigantesco reproche hacia sus representados: “Conseguimos las cobijas, ahí estamos bajando las cobijas, o sea, yo como abogado tengo que estar bajando las cosas. Pero, a ver padre, échenos la mano aquí. Ahí están sentados, nomás se quedan viendo, ¿no? Y ni siquiera se mueven, no mames, se pasan ya de gaver (sic), o sea, ¡me da un puto pinche coraje, guey!”.

En efecto, el abogado está enojado, siente que sus representados, especialmente los hombres, no se manejan responsablemente. Adereza su plática con el siguiente párrafo: “¡Qué chingones! Ya mero quieren que uno les haga la tarea, son el ejemplo de la lucha en el país y ve cómo están haciendo esas mamadas”.

Aquí debemos preguntarnos: ¿acaso Vidulfo Rosales está confrontado con quienes son sus clientes prioritarios o simplemente está harto de cubrir las deficiencias de conducta que tienen los padres de las víctimas? Da la impresión esa conversación de que es esto último.

Todos entendemos el dolor que puede significar perder a un hijo y más pensar en la forma en que todos los relatos dicen cómo fueron ultimados, torturados, golpeados, quemados y finalmente sin dejar rastro ni castigar a los culpables.

Ayotzinapa, que se ha convertido en una bandera de injusticia, degradación y tapón de los derechos humanos, no sólo ha recorrido el país en más de un año, también es el estandarte de una vergüenza nacional en el mundo. Es claro que esto ha significado un desgaste dentro del cuerpo de los padres y madres de los sacrificados. ¿Qué aspecto nuevo falta por cubrir? Prácticamente todo se ha intentado: expertos de la PGR, técnicos y peritos internacionales, laboratorios austriacos, especialistas en diversas materias, ingeniería de sistemas y desarrollo de plataformas virtuales. A ello se deben añadir las confrontaciones con las autoridades y la creciente desconfianza con cualquier dicho de los procuradores de justicia nacionales.

Gente humilde, con ausencia de recursos de todo tipo, ya deben haber sucumbido a la acumulación de dolor, cansancio, tensiones, desesperanza y con ellos, seguramente como hemos visto, al abogado con el que conviven en todas las reuniones, los mítines, las marchas y la vida en común de los días interminables y las noches más oscuras que en la inmensidad de la sierra guerrerense. Todo esto es claro, lo que permanece en las tinieblas es el propósito de la grabación y que eso mismo se deshoje en el controvertible mundo de la opinión pública. ¿A quién beneficia?

Twitter: @RaulCremoux

También te puede interesar:
Lo anticipamos desde tiempo atrás: el Titanic puede hundirse
No sabemos qué hacer con nuestras libertades
Lula y Astudillo, ¿casos de audacia o de cinismo?