Opinión

El Hadi, entre extremistas, drones y Arabia Saudita


 
 

Yemen ocupa nuevamente los titulares de la prensa internacional, porque se ha convertido en el escenario de una alerta antiterrorista estadounidense, diriáse, encaminada a justificar de alguna forma al aparato de espionaje masivo exhibido por Edward Snowden.
 
 
El país árabe más pobre, sin embargo, atraviesa por una terrible espiral de violencia e intervención foránea desde que en 2001 George W. Bush proclamó su 'cruzada' contra El Kaida, agravada por la campaña de exterminio que el dictador Alí Abdulá Salé lanzó sobre la minoría chiíta huthi, así como por los efectos del cambio climático, que han profundizado la desertificación del territorio y la ruina de su agricultura de subsistencia.
 
En sus 33 años de régimen, Salé supo navegar de izquierda a derecha para mantenerse en el poder. Ganó el conflicto civil, derivado del choque este-oeste, para reunificar a Yemen, pero el extremismo wahabí echó raíces —el padre de Osama ben Laden nació ahí, antes de emigrar a la vecina Arabia Saudita, donde forjó su imperio empresarial— y para 2008 se combinaron la escalada norteamericana, con aviones sin piloto lanzamisiles (drones), y la represión de Saná contra los huthi, apoyada militarmente por El Riad ante el temor a un contagio de su propia minoría chiita, presuntamente simpatizante de Irán.
 
Lugarteniente
 
 
El arranque de la 'primavera árabe' fue la puntilla para Salé, quien enfrentó duras manifestaciones diarias y un supuesto ataque rebelde que lo hirió en su búnker; Washington y los saudíes decidieron entonces la llegada al mando del vicepresidente Abd Rabú Mansur el Hadi, número dos durante 17 de los 33 años de Salé y que de inmediato recibió el apoyo del oficialista Congreso Popular General, lo mismo que de figuras de 'izquierda' como Tawakkul Karman, Nobel de la Paz 2001, al sostener que el ascenso de Hadi “es uno de los éxitos de la revolución de los jóvenes”.
 
 
A sus 67 años, Hadi vive un largo periodo de transición política, empantanada por las necesidades geoestratégicas de sus poderosos 'aliados'. Ha declarado que “es un deber nacional y religioso” combatir a El Kaida y así lo reiteró apenas la semana pasada, al reportarse con Barack Obama en Washington. El mandatario estadounidense, en cambio, ni siquiera hizo mención del plan para repatriar a 56 de los últimos 86 prisioneros de Guantánamo, que son yemeníes y protagonizan una huelga de hambre que se extiende por seis meses, después de que el Senado una vez más rechazó la posibilidad de terminar con el infierno de los reos. Otros han tenido mejor suerte y ya fueron liberados, como Salím Ahmed Hamdan, el “chofer de Ben Laden”, quien en realidad sólo era otro pobre inmigrante, atraído a Afganistán con la esperanza de mejorar sus ingresos trabajando para la multinacional El Kaida.