Opinión

EL GLOBO: Segundos mandatos

17 diciembre 2013 5:2

 
El domingo se concretó la victoria de Michelle Bachelet como presidenta de Chile. Lo habíamos adelantado con los resultados de la primera vuelta, donde obtuvo casi dos votos por uno de su más cercana contrincante. Al no haber obtenido en esos comicios más de 50 por ciento del total (llegó a 47 por ciento), fue hasta la segunda vuelta donde su triunfo resultó absoluto. En total 62 por ciento de la muy pobre asistencia electoral, que registró un ausentismo cercano a 60 por ciento.
 
 
Así Bachelet regresa a La Moneda, cuatro años después de haberla dejado. Iniciará en marzo de 2014 un segundo mandato presidencial, para completar los pendientes y el trabajo inconcluso, según sus propias palabras.
 
Y a pesar de la enorme popularidad con que la primera presidenta de Chile en su historia gobernó, concluyó su periodo y hoy la ciudadanía la regresa al cargo, vale la pena preguntarse sobre esos casos contados en que presidentes de América Latina han regresado al poder.
 
En la última década hay tres casos notables de jefes del Ejecutivo, que habiendo sido presidentes constitucionales, terminaron sus gestiones, abandonaron el poder y regresaron en uno o dos períodos posteriores.
 
La lógica indicaría que si ya fueron presidentes, habrán aprendido las complicaciones del oficio, los balances y contrapesos continuos y las decisiones necesarias aunque impopulares. Es decir, estarían forzados a realizar un mejor, más eficiente y trascendente trabajo en su segunda oportunidad, de lo que como novatos tuvieron que aprender y enfrentar en su primera llegada.
 
Tal vez el caso más destacado sea el de Perú con Alan García, quien hizo una primera presidencia populista muy orientada a la construcción caudillista latinoamericana, que tantos adeptos ha cultivado al paso de los años. García fue presidente por primera vez en los años 80 e intentó reelegirse frente al fenómeno Fujimori, que solamente se instaló diez años en el poder con resultados desastrosos. Pero las lecciones históricas, políticas y muy dolorosamente económicas fueron aprendidas y Alan García realizó un espléndido segundo mandato en los años recientes.
 
 
Crecimiento económico arriba de 6 por ciento anual, diversificación de exportaciones, crecimiento del turismo y fortalecimiento gradual de instituciones democráticas. Perú ha vivido una etapa de esplendor en el segundo mandato de un presidente.
 
Otro caso es el de Costa Rica, que reeligió a una de sus figuras más reconocidas: Óscar Arias, también un presidente que tuvo su primera oportunidad a finales de los 80 y principios de los 90, y que obtuvo un Premio Nobel de la Paz por sus gestiones negociadoras en Centroamérica. Arias regresó al poder para ser una versión más internacional de sí mismo, impulsar sectores, fortalecer la poderosa industria turística de Costa Rica. El balance es bueno, pero nada espectacular.
 
Un tercer caso lo encarna Daniel Ortega en Nicaragua, el primer presidente producto de la revolución sandinista, ocupó un término y después fue derrotado, él y su partido en varios períodos consecutivos. Logró regresar y lamentablemente unirse a la corriente chavista que busca la perpetuación en el poder, modificar la Constitución, tribunales, leyes, instituciones para permanecer en el cargo de forma indefinida, como el antidemocrático y muy autoritario ejemplo que Chávez dejó a Correa en Ecuador y a Evo Morales en Bolivia. Ortega será, para desgracia de Nicaragua, la peor versión de sí mismo al convertirse en el jefe de Estado permanente contra lo que el mismo Ortega y el Frente Sandinista lucharon y derrocaron en los años 70.
 
 
Michelle Bachelet es una mujer sensata, comprometida, con una visión política afinada y reforzada con los años. Viene, así lo ha dicho, a completar los pendientes. Quiere borrar todo resto de pinochetismo de la Constitución que ese régimen heredó a Chile; quiere reformar la educación ––que tanta confrontación social ha causado a Chile en los últimos dos años–– y hacer pública la superior; quiere instaurar mecanismos que redistribuyan la riqueza, mejoren el empleo y más.
 
Quiere, en suma, que la transición democrática en Chile, que supera ya veinte años, se convierta en realidad democrática en un país más justo y más igualitario.
 
Todos los momios están a su favor, porque los cuatro años de ausencia del poder le permitieron calibrar, evaluar y apuntar el tiempo ––muy reducido–– y la energía a los cambios necesarios.
 
 
Veremos a la Bachelet reformista a fondo. ¡Mucha suerte, presidenta!