Opinión

EL GLOBO: Segunda vuelta en Chile

19 noviembre 2013 5:2

 
El resultado que arrojaron las elecciones de hace dos días en Chile deja versiones para el análisis y para el paralelismo con México y nuestros procesos de cambio.
 
 
Entre nueve candidatos presidenciales ––la contienda más numerosa y variada en la historia reciente de Chile–– dos mujeres encabezaron las encuestas, los titulares y también las intenciones de voto. Una de ellas es ampliamente conocida por haber ocupado ya la presidencia entre 2006 y 2010; hija de un general torturado y muerto por la dictadura de Pinochet, Michelle Bachelet obtuvo el 46.68 por ciento en las elecciones del domingo, apenas cuatro puntos debajo de conseguir la mayoría en la primera vuelta. Su contrincante más cercana es una amiga de la infancia, también hija de un general que sostuvo una estrecha y muy afectuosa amistad con el padre de su contrincante. Se llama Evelyn Matthei y obtuvo el 25.01 por ciento de los votos, la segunda en número de boletas emitidas, lo que las coloca a ambas en automático como contendientes en la segunda vuelta del 15 de diciembre.
 
Más allá de la historia personal que vincula a ambas familias durante toda la década de los años sesenta y principios de los setenta ––el golpe de Pinochet tuvo lugar en septiembre de 1973–– la relación retrata la profunda división de la sociedad chilena en las últimas décadas.
 
 
Los jóvenes que encabezaron las protestas estudiantiles en 2011 y que presidieron la Federación de Estudiantes que puso en jaque al gobierno de Sebastián Piñera contendieron por partidos de izquierda a cargos de diputados que barrieron en las urnas sin mayor problema. Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Gabriel Boric, Karol Cariola y Francisco Figueroa, entre otros, capitalizaron la celebridad obtenida con las marchas, para convertirse en flamantes diputados. El padrón electoral registró un 32 por ciento de jóvenes de entre 18 y 35 años, un siete por ciento más que en 2010. Los nuevos diputados perfilarán un Congreso cuya composición aún no se termina de contabilizar.
 
 
Evelýn Matthei es ex ministra de Trabajo con Piñera y si bien entró tarde a la campaña, el apoyo de la coalición de derecha ––desesperados por tener un candidato de la altura y peso de Bachelet–– ha representado una intensa y activa campaña para llegar al segundo puesto.
 
 
Bachelet goza de una amplia mayoría, de gran simpatía entre el electorado. Terminó su período presidencial con una aprobación de 85 por ciento, pero la Constitución impide la reelección consecutiva. Por ello regresa con una agenda mucho más ambiciosa y transformadora que en su primer período. Hoy Bachelet habla de cambio, habla de modificar la constitución, de cambiar los regímenes fiscales y cargar con más impuestos a las empresas y a los que más ganan, para atacar la enorme y extendida desigualdad.
 
 
Así que Bachelet enfrenta como su mayor reto no la segunda vuelta, que prácticamente tiene asegurada, sino la delicada agenda de cambios que enfrenta muchas resistencias, incluso al interior de su propia coalición de izquierda. Veremos de qué es capaz la señora Bachelet si el triunfo del 15 de diciembre se combina con la mayoría en el Senado. Llama la atención que un país con la estabilidad y el crecimiento de Chile (5.5 por ciento en los últimos años) hable de cambio; en las economías latinoamericanas, Chile ocupa el mejor lugar, por encima de México, Argentina y Colombia. Pero la desigualdad, los enormes espacios de ingreso entre las clases altas y media alta, en comparación con los trabajadores, obreros y campesinos, es enorme (27 veces más puede llegar a ganar un profesional de alto ingreso en comparación con cualquier trabajador). Esa es la agenda de Bachelet, quien dedicó los últimos tres años a trabajar en Naciones Unidas al frente de la oficina para la mujer.
 
 
Para Bachelet sólo queda apostar por transformar a su país, lograr reformas de fondo que hagan que la educación de Chile ––la más cara por cierto en América Latina–– sea accesible para todos, en elevar los niveles de vida y seguir el ejemplo de Lula en Brasil, al incorporar a millones de personas a las clases medias en su ingreso, consumo y calidad de vida.
 
 
lkourchenko@elfinanciero.com.mx