Opinión

EL GLOBO: San Juan Pablo II


 
 
El Vaticano anunció en días recientes que la causa de canonización de Juan Pablo II está lista y que sólo falta que el papa Francisco fije la fecha para la ceremonia que muchos expertos calculan será hacia marzo o abril de 2014.
 
 
Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, hace 8 años, y de ser convertido en santo de la Iglesia Católica el año entrante, habrían pasado tan sólo 9 años para ser elevado a los altares, un periodo corto en la historia de las canonizaciones. Se trataría casi de un santo fast track. Llamado que la gente presente en la Plaza de San Pedro en aquella mañana soleada y muy ventosa realizó a grito espontáneo: “santo súbito, santo súbito” gritaron muchos italianos y de otras nacionalidades en las exequias del papa polaco.
 
 
Cuando se acerca la canonización anunciada y aprobada por los distintos comités y consejos para la Causa de los Santos, surge de forma inevitable, el oscuro y ciertamente lastimoso tema de Marcial Maciel. Es, tal vez, la mancha más cuestionable de un papado que es y seguirá siendo analizado por la historia y por los estudiosos, en términos de su dimensión histórica y política, pero también de su indudable impacto religioso y espiritual para millones de creyentes en el mundo. Nadie tiene duda ya, a pesar de las innegables campañas y esfuerzos en México y otros países para limpiar su nombre, de la nociva y perversa personalidad de Maciel. Con todo, hay muchos –acaba de aparecer nuevamente el argumento en un diario en Estados Unidos– quienes cuestionan de la auténtica inocencia de Juan Pablo II. ¿Sabía Wojtyla o no de las desviaciones de Maciel?.
 
 
En ese luctuoso abril de 2005, circulaba en el Colegio Mexicano de Roma, la institución a la que la Arquidiócesis de México y otras varias de la República envían a sacerdotes de nuestro país a prepararse en diferentes disciplinas, como teología, espiritualidad, derecho canónico y muchas otras, una versión casi confidencial que narraba la forma en que el propio papa había tomado conciencia de la historia secreta de Maciel.
 
 
Contaron esas versiones que un fraile de alguna congregación religiosa, cuya identidad ha permanecido en secreto, solicitó a la oficina del papa una audiencia privada. Dicho fraile, de edad avanzada, había servido por más de 30 años en la Secretaría de Estado del Vaticano y su tiempo había llegado para el retiro. Con la petición de despedirse, esperó meses a que la ya disminuida salud de Juan Pablo II permitiera la audiencia que finalmente le fue concedida.
 
 
El religioso acudió a la cita con un abultado expediente bajo el brazo y se lo mostró a su santidad en el momento preciso en que, en cumplimiento del protocolo, quedaron a solas. El expediente correspondía a los muchos legajos y alegatos que desde los años 50 existían sobre un sacerdote mexicano, muy apreciado por el papa: Marcial Maciel. Ante los ojos del pontífice el fraile desplegó documentos y testimonios, acusaciones y cartas que por más de 40 años se habían sumado en cajones y archiveros.
 
 
El religioso le hizo ver a Juan Pablo II que lo habían engañado, que había sido víctima de una farsa en la que funcionarios y prelados de diferentes jerarquías y poderes, le habían matizado y desacreditado tantas acusaciones. Por años, le hicieron creer a Juan Pablo II que las víctimas mexicanas eran personas desequilibradas, enfermos, presos, en cuya palabra no se podía confiar. El papa preguntó si esas personas estaban aún con vida y que si se les podía volver a interrogar. El religioso respondió que sí, y que estaban urgidas por brindar su testimonio y exigir justicia.
 
 
La historia que siguió a ese encuentro privado e imposible de constatar en ningún registro es pública y conocida. Juan Pablo II retiró de su cargo como superior general de su congregación a Maciel a finales de 2004, antes de caer enfermo y ser conducido al hospital en dos ocasiones, entre diciembre de 2004 y enero de 2005. Esa última hospitalización en el frío enero del mismo año en que murió, resultó con la traqueotomía que lo acompañó hasta su muerte.
 
 
Maciel fue castigado con un voto de silencio, con una invitación al retiro y la oración mientras que Juan Pablo II ordenó una nueva y completa investigación. Se conoció en su momento y fue público también, que entre marzo y mayo de 2005, juristas y expertos de Europa interrogaron nuevamente a varias de las víctimas mexicanas.
 
 
Todo pareciera indicar que Juan Pablo nunca supo la doble o triple vida del sacerdote a quien llamó, en acto público y registrado, “el ejemplo de las juventudes de América”.
 
 
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