Opinión

EL GLOBO: Reelección indefinida

05 noviembre 2013 5:2

 
Con frecuencia se afirma que el poder transforma a quienes lo ocupan o ejercen, y más aún, los convierte en personas y defensores de principios e ideas contrarios a los que afirmaron con pasión en su lucha para obtener el poder.
 
Explicar el caso de Fidel Castro en Cuba resulta difícil. Si uno revisa parte de sus discursos previos a la revolución, sus acalorados llamados a la población cubana a finales de los años cincuenta y sus críticas al poder absoluto del régimen dictatorial de Fulgencio Batista, asume la percepción de un líder revolucionario en defensa de derechos y libertades. Lo mismo sucede cuando se escucha al primer Hugo Chávez, no al militar golpista que lo llevó a la cárcel a principios de los años noventa, sino al triunfador de las elecciones democráticas que lo llevaron a la presidencia constitucional de Venezuela en 1999.
 
 
Hoy el histórico Daniel Ortega de Nicaragua, triunfador de la Revolución Sandinista en 1984, candidato y vencedor en las primeras elecciones democráticas de ese país en más de 30 años en 1985, pretende dar pasos en la anacrónica y antidemocrática perpetuación en el poder. Ortega ha presentado un paquete de reformas al Congreso que modifican artículos esenciales en la reelección inmediata e indefinida, así como en el regreso de los militares a ocupar cargos en el gobierno.
 
 
Ortega integró el histórico comando colectivo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que desde la década de los años setenta impulsó la lucha revolucionaria que acabó con la brutal dictadura de Anastasio Somoza. Ortega mismo defendió la no reelección y la salida de militares de ministerios y organismos gubernamentales hace treinta años, que hoy desdice y contradice al impulsar el regreso a aquellas prácticas.
 
 
Daniel Ortega fue derrotado en las elecciones de 1990, 1996 y 2001, después de haber sido presidente por primera vez en 1985. En 2007 regresó a la presidencia con el mismo FSLN y fue reelegido en 2011 para un periodo ordinario más de cuatro años. Se tendría que ir en 2015, retirarse de la política activa cuando menos, y permitir que otros concursen por la presidencia, pero no quiere.
 
 
El proyecto de reforma constitucional incluye eliminar el artículo 147 (inciso A) que impide la reelección sucesiva. Propone además otorgar poderes adicionales al presidente para “legislar” en materia administrativa y permitir que militares ocupen cargos al frente de instituciones del Estado que no sean de elección popular, como autoridades en el aparato judicial o en el sistema electoral.
 
 
Por si faltaran elementos a la construcción de una “nueva dictadura” en Nicaragua, se acuña el término de “democracia directa”, donde los diputados no pueden cambiar de partido o asumir una posición independiente; los cargos de alcaldes aumentan de cuatro a cinco años y se elimina la Ley de Amparo por una nueva propuesta de ley de justicia constitucional.
 
 
Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua, a contrapelo de la historia y con la desmemoria del tiempo en el poder, se olvida de los principios democráticos y libertarios de su juventud como líder revolucionario y pretende instalarse en el poder para siempre. ¿Por qué no emular a Fidel o a Chávez, antes de que la salud los abandonara? ¿Por qué no permanecer en el poder para considerar consolidar “su proyecto de gobierno”?
 
 
En América Latina se permite la reelección consecutiva por un solo período presidencial en Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia y Ecuador. En otros países se permite la reelección no consecutiva como en República Dominicana, Chile, Uruguay, Costa Rica y Panamá. Está absolutamente prohibido cualquier tipo de reelección presidencial en países como México, Paraguay, Guatemala y Honduras. Sólo en Venezuela ––bajo el gobierno de Chávez–– se construyó la figura de reelección inmediata indefinida, aprobada en un referéndum propuesto por Chávez en 2007.