Opinión

EL GLOBO: Papa de ruptura


 
Cada semana aparecen nuevas señales de un estilo diferente. Francisco I, como hemos señalado ya en este espacio, ostenta un tono, un lenguaje, una naturalidad que nos remonta a los primeros años de Juan Pablo II. Cercano a la gente, recorre la plaza, carga niños, abraza enfermos y recupera aquella imagen de un papa al alcance de los creyentes.
 
Sin embargo, más allá del estilo y de sus frecuentes declaraciones llenas de controversia, como aquellas de profunda crítica a la Curia Romana, Bergoglio da algunos pasos que aparentan “romper” o por lo menos enviar señales de una incipiente transformación.
 
 
Tan sólo en el último fin de semana ofició un bautismo en la Capilla Sixtina a poco más de 30 niños, donde la nota innovadora proviene del pequeño hijo de una pareja italiana que no está casada por la Iglesia Católica. Es decir, es una pareja unida bajo el trámite legal de su país, pero que por razones que aún no conocemos, no vive “dentro del sacramento” del matrimonio.
 
 
Al tiempo que esto sucede, recorre una información extraoficial en redes, que no en el sitio formal e institucional del Vaticano, en torno a que el Papa está dispuesto a reducir y a terminar con las “aduanas” en las parroquias. Se conoce así a los trámites de filtro o requisitos que la iglesia exige para ser candidato a los sacramentos. Para casarse cualquier creyente debe necesariamente haber sido bautizado, confirmado y recibido la comunión.
 
El Papa pone el ejemplo al “disculpar” la inexistencia del sacramento matrimonial para otorgar el bautismo al hijo de esa pareja. No es solamente pasar por alto el trámite burocrático o la exigencia reglamentaria, sino aceptar a un hijo de una pareja que no ha sido “bendecida por la iglesia”. Ciertamente innovador.
 
 
En el mismo fin de semana el papa anuncia, por su propia voz y desde la ventana de los apartamentos pontificios en la plaza de San Pedro –después de la oración dominical del Angelus– el nombramiento de 19 nuevos cardenales. Totalmente inusitado.
 
 
El rígido protocolo vaticano en vigor, acostumbraba además del sondeo interno, la revisión y visto bueno de la Secretaría de Estado y de otras dependencias de la curia, el anuncio unos días previos al destinatario del palio cardenalicio. Francisco se brincó todo eso y lo anunció de forma directa.
 
 
Más aún, en plena coherencia con su tono y su discurso hasta ahora, designó a prelados que se destacan por su trabajo pastoral y de opción preferencial por los pobres, antes que los méritos de su carrera diplomática, política o administrativa. Es decir, el papa jesuita privilegió a aquellos hombres de la iglesia que han destacado por su servicio a la institución y de forma muy señalada, por su estrecha cercanía con sus feligreses, sus parroquias, sacerdotes y comunidades. Es el caso del arzobispo de Managua, Nicaragua, José Brenes Solórzano; o también el del arzobispo de Río de Janeiro, Oreni Joao Tempesta. De la misma forma destaca el nuevo cardenal de Seúl, Corea del Sur, un territorio de minoría para los católicos, donde el arzobispo Yeom Soo Jung es conocido por su notable trabajo de evangelización. Otro reconocimiento importante no sólo a la región sino también al personaje es Chibly Langlois, que se convertirá en el primer cardenal de Haití, el país más pobre del continente.
 
 
En lo que sin duda representa la conformación de su propio equipo, nombró cardenales a cuatro altos funcionarios vaticanos: Lorenzo Baldissieri, secretario general del Sínodo de Obispos; Pîetro Parolín, secretario de Estado; Gerard Ludwig Müller, titular de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe –un discípulo de Benedicto XVI– y Beniamino Stella, titular de la Congregación para el Clero.
 
 
Con estas cuatro posiciones clave, Francisco da los primeros pasos para librarse de altos funcionarios de anteriores pontificados, considerando que más de 95 por ciento del Colegio Cardenalicio fue designado por Juan Pablo II y por Benedicto XVI.
 
 
El último punto a destacar es la forma: como desconfiando de los mecanismos de la Santa Sede, o marcando una distancia de la burocracia y de la curia, Francisco no usó los canales habituales de nombramiento y anuncio. Lo hizo él mismo, de propia voz, desde el balcón dominical del apartamento que no habita, pero que lo comunica al mundo sin ujieres ni portavoces.
 
Son sólo señales de un hombre, en una posición de profunda importancia que parece dispuesto a cambiar a la institución y, sobre todo, a no dejarse controlar o gobernar por la alta política clerical y sus intereses.