Opinión

EL GLOBO: Jaque al rey

01 octubre 2013 5:2

 
El fin de semana se registró una manifestación pública de poco menos de 2 mil personas frente al palacio de El Pardo, en Madrid, para pedir la derogación de la monarquía. Pudiera parecer un hecho menor y sin trascendencia, considerando que en España entre 15 y 20 por ciento se ha declarado antimonárquico por décadas, pero la figura del rey gozaba, hasta hace poco, de niveles de aprobación superiores a 70 por ciento. Como decían muchos españoles, “aquí somos juancarlistas antes que monárquicos”. Pues esa época ha terminado.
 
 
Para nadie es un secreto la decadencia de la monarquía en su conjunto, pero sobre todo de la figura del rey de España. Los escándalos se suman en una extensa lista de descalabros en la casa real, que había mantenido, sin embargo, la figura del rey intocable por los medios y los críticos españoles. Después del penoso incidente del elefante en África, su caída y fractura de cadera, la revelación de que su amante de origen alemán lo acompañaba en ese viaje y que de hecho estuvo a su lado en el hospital, provocó la disculpa pública del soberano.
 
 
Pero el afecto, admiración y respeto que buena parte de los españoles sentían hacia él parece haberse disuelto. A esto se suman acontecimientos que han provocado escándalos que alimentan día a día las páginas de la prensa rosa ––abundante en España, tal vez mayor que la británica––. El divorcio de la infanta Elena del señor Marichalar, el supuesto desvío de fondos públicos del otro yerno, Iñaki Urdangarín, y el inevitable juicio por ese delito en contra del esposo de la infanta Cristina; los rumores sobre la inestabilidad física y emocional de la princesa Letizia, a los que se añaden versiones sobre un distanciamiento de su marido, el príncipe Felipe, en una probable cortina de humo para distraer la atención por los problemas del propio rey.
 
 
No son pocos los medios que cuestionan a la monarquía frente a un pueblo golpeado por la crisis. La monarquía es hoy más que nunca una carga agraviante para una sociedad en crisis que cuestiona el gasto, el dispendio y los escándalos.
 
 
Las monarquías europeas del siglo XX ––las árabes o asiáticas son distintas–– tuvieron que enfrentar profundos desafíos a su función y utilidad social. Muchas desaparecieron o fueron incapaces de encontrar su rol en un mundo cambiante que desplazaba su aparente función simbólica a labores profesionales adjudicadas a gobiernos electos por mayorías representativas. La inglesa, la más hábil en su capacidad de adaptarse, enfrentó no pocos retos, incluso semejantes a los que ahora señalan a la española como una representación caduca.
 
 
Sin embargo la casa real británica ha tenido el acierto de perfilar una institución al servicio de la sociedad. No sólo representan la continuación de una tradición histórica ––que en pleno siglo XXI parece retrógrada––, sino que especialmente es un elemento de cohesión e identidad. Eso no significa que no existan antimonárquicos, pero la corona ha conseguido mantenerse en el sector mayoritario de aceptación y de cumplir un trabajo que abandera causas sociales.
 
 
Este año ha sido importante por la abdicación de monarcas en dos casas reales europeas, la holandesa, donde Beatriz cedió el trono a su hijo Guillermo y la de Bélgica, donde Alberto anunció su retiro a favor de su sobrino, el príncipe Felipe. Otra más es la de Qatar, donde el emir El Jalifa cedió el poder ––mucho más real–– a su hijo el príncipe Tamín. Se dice que Margarita de Dinamarca seguirá esos pasos en unos dos años. Felipe de Borbón sustituye hoy a su padre ––convaleciente de su operación de cadera–– con intensa actividad. Es aceptado y goza de reputación y prestigio. Tal vez el rey debiera considerar transferir el cargo, en aras de salvar a la institución y renovar la monarquía con un rostro más limpio y menos dañado por amoríos, corruptelas, excesos y el desgaste natural de 37 años de reinado.
 
 
lkourchenko@elfinanciero.com.mx