Opinión

EL GLOBO: El uranio de Irán

26 noviembre 2013 5:2

 
Por más de una década Estados Unidos y sus aliados han presionado al gobierno de Irán por todas las formas y caminos, para detener su programa nuclear. Han impuesto sanciones comerciales e incluso la prohibición de compra en Occidente del petróleo, el oro y otros bienes iraníes.
 
La tensión entre Washington y Teherán comenzó mucho antes, desde el derrocamiento de Mohamed Reza Pahlevi ––el último sha de Irán, quien después se exilió en México por cierto–– en 1979 y el ascenso del gobierno teocrático de los ayatolas. Han pasado casi 35 años y las tensiones, las acusaciones frecuentes, la retórica “enemiga” no han cesado.
 
El mayor punto de conflicto en los últimos años se debió al programa de enriquecimiento de uranio, componente indispensable para dos cosas: La primera, operar un reactor de energía atómica utilizado como generador de energía urbana, industrial, productiva ––como sucede en muchos países del mundo. La segunda y más delicada, consiste en fabricar armamento con capacidad nuclear.
 
El gobierno de Israel, principal afectado y eventual blanco de un ataque por parte de Irán, ha ejercido toda su presión política y económica ––que no es menor–– en Washington para que la Casa Blanca despliegue su decadente poder hegemónico e impida que Irán consiga una bomba atómica. El muy selecto club nuclear tradicional del mundo, EU, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China ––aunque hoy sabemos que India y Pakistán poseen también armamento nuclear–– había advertido a la ONU sobre el riesgo que esto representaba y la necesidad de enviar misiones de revisión y vigilancia.
 
Lo cierto es que Irán ha dicho y sostiene que su uranio enriquecido no es para armamento sino para un reactor nuclear. Misiones de la ONU fueron y recorrieron, comprobaron la existencia de todos los elementos para fabricar una bomba, pero no la reserva o cantidad necesaria ––aún–– para poseerla y activarla.
 
Bajo este panorama, hace un par de días Estados Unidos e Irán, firmando como testigos el club de los cinco más Alemania, alcanzaron un acuerdo histórico por sus alcances, pero sobre todo, trascendental por el restablecimiento de una liga diplomática rota desde hace más de 30 años. Washington y Teherán acordaron disminuir la producción de uranio hasta 5 por ciento de pureza; disminuir y diluir todas las reservas ya existentes de material enriquecido; inutilizar las plantas y centrifugadoras donde se realiza el proceso de enriquecimiento; no construir más plantas; no incrementar su almacenamiento más allá de 3.5 por ciento; no avanzar en la construcción del reactor de Arak, donde el plutonio es otro componente con el potencial para ser utilizado en una bomba; proveer acceso diario e información confiable a expertos internacionales para verificar los procesos.
 
A cambio, EU ofrece levantar sanciones comerciales, no imponer controles al comercio de oro y metales preciosos; no emitir nuevas sanciones por el programa nuclear; otorgar licencias a aerolíneas iraníes para operar en Europa y eventualmente, tener acceso a los cielos norteamericanos, además de pagar una cantidad de 200 millones de dólares que se debían por transacciones petroleras.
 
Hasta ahí todo muy bien, el problema es la credibilidad y la confianza. Israel ya reparó en el contenido del acuerdo, al que califica francamente como malo, y afirma que es un error. Al gobierno de Irán dicen en Tel Aviv, se le debe suspender por completo el programa nuclear, no solamente eliminar sus reservas y controlar su producción.
 
Pero Obama celebra este acuerdo como un primer paso hacia un mejor entendimiento, lo que ciertamente significa disminuir tensiones en la región.
 
Para fabricar una bomba atómica es necesario contar con más de 220 kilogramos de uranio enriquecido, mientras que para un reactor se requiere no más de 60 kilos.
 
En las siguientes semanas veremos el muy diligente y poderoso cabildeo israelí a todo vapor en Washington, Nueva York y Londres, para intentar imponer más controles al acuerdo. Por ahora, es la primera vez que dos altos funcionarios de Estados Unidos e Irán se sientan en la misma mesa y se dan la mano, en público.