Opinión

EL GLOBO: Egipto

20 agosto 2013 5:48

 
 
Por tres décadas el régimen autócrata de Hosni Mubarak mantuvo un relativo equilibrio entre musulmanes –arriba de 80% de la población– y las minorías coptas, cristianas y otras de menor representación. Por más de tres décadas la Hermandad Musulmana reorientó sus actividades –de la lucha armada de los cincuenta- hacia la formación de comunidades, asistencia social a jóvenes, promoción del estudio y atención a barrios populares, en el intento por sembrar una sólida fe musulmana y práctica ortodoxa del islam.
 
 
Por esos mismos años Egipto logró despegar del resto de las naciones árabes como un país medianamente moderado, capaz de sostener un diálogo con Occidente y de mantener una postura por lo menos no bélica en contra de Israel. Los célebres tratados de paz (1979) promovidos por Jimmy Carter y que valieron el inolvidable Nobel para Menachem Begin y Anuar Sadat, significaron una piedra angular en las relaciones entre el Medio Oriente y el resto del mundo. Egipto fue clave en abrir una puerta de diálogo con Estados Unidos y en construir un canal de intermediación para el resto del mundo. Lo fue en los conflictos con Líbano; lo fue en los difíciles momentos de las tensiones en la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP), y lo fue varias veces más en los reiterados conflictos contra Irak y la creciente tensión con Irán.
 
 
Hosni Mubarak fue hábil en jugar el ajedrez del 'interlocutor' como el gran patriarca árabe que podía hablar con Washington, a cambio de lo cual recibió por muchos años una importante suma catalogada como ayuda económica.
 
 
Después de la 'primavera árabe' que barrió con sus 30 años en el poder, Egipto inició un tímido y por momentos atropellado proceso de transición democrática, que fue aplastado brutalmente por el reciente golpe de Estado. Los errores del presidente Mohamed Morsi al adoptar un tono revanchista en defensa de los Hermanos Musulmanes, rompió el equilibrio y provocó de forma indirecta la alzada de los militares. No es ninguna novedad en la historia egipcia si consideramos que el propio Mubarak, general del ejército, llegó al poder por vías semejantes.
 
 
Lo grave más allá de la violencia y de los varios cientos de detenidos y muertos, consiste en la ruptura del equilibrio interracial y cultural. Egipto había demostrado al mundo árabe que se podía convivir por encima de las diferencias religiosas; que la paz y el muy lento desarrollo eran compatibles con niveles divergentes de vivencia del islam; que era posible ser creyente, al tiempo que las mujeres votaran y asistieran a la universidad. No era el único país en el mundo árabe con tales lecciones, Jordania lo ha logrado gradualmente, y Líbano en periodos interrumpidos. Pero el hecho es que Egipto enfrenta una crisis que amenaza con destruir todo logro de mínimo avance democrático. Los militares han salido a las calles con uso de la fuerza, amenaza, represión y violencia indiscriminada. Los seguidores de Morsi luchan por restituir un régimen electo de forma legítima, a pesar de que los excesos y las torpezas del gobernante sean rechazadas por la mayoría.
 
 
El derrumbe de Egipto representa un grave retroceso en los puentes siempre débiles y frágiles con el Medio Oriente. El presidente Obama se reniega a suspender la ayuda económica, como lo manda la ley y los estatutos del Departamento de Estado cuando se trata de un conflicto interno y cuasi guerra civil. De hecho el documento dice a la letra 'golpe de Estado', por ello Washington se ha negado a clasificar los hechos bajo esa etiqueta.
 
 
Pero lo grave es que nadie quiere meter la mano, nadie pretende intervenir y la historia demuestra que ahí, será el fusil militar el que se imponga y no los votos, o las urnas, o los esfuerzos democráticos.