Opinión

EL GLOBO: Adiós Kalashnikov

24 diciembre 2013 5:2

 
 
 
 
Murió el diseñador de armas más renombrado del siglo XX. El creador y diseñador del fusil de asalto más eficiente, sencillo y reproducido en el mundo. Según cálculos conservadores se dice que pudiera haber más de cien millones de ejemplares de esta arma, curiosamente no todas fabricadas o producidas por la industria militar rusa.
 
Mijaíll Kalashnikov nació en 1919 en una familia humilde. Su padre era campesino en Kurya, Montes Altai, en los muy convulsos años en que nacía y pretendía institucionalizarse la revolución bolchevique de octubre (1917).
 
Mijaíl inició su vida en el campo, de forma muy pobre, con sus 17 hermanos ––de los cuales sobreviven seis–– hasta que se enroló a los 19 años en el ejército soviético, en 1938.
 
Kalashnikov fue soldado, teniente y comandante de tanque en plena Segunda Guerra Mundial, donde los alemanes arrasaban por la superioridad de su armamento y de su maquinaria de guerra. Fue justamente esa experiencia como comandante de un tanque, lo que le provocó una herida y fue a parar al hospital, salvando la vida a diferencia de los más de veinte millones de rusos que murieron frente a los alemanes.
 
En 1947, un soldado amigo que lo visita en el hospital, le pregunta por qué los soviéticos no podían tener un arma que compitiera con las armas automáticas que tuvieron los alemanes.
 
Kalashnikov, con habilidades de diseño y dibujo, perfiló el primer prototipo del arma que llevaría su nombre y recorrería el mundo entero. Para finales de ese mismo 1947, el característico fusil de asalto con su cargador curvo fue producido en serie en la hoy extinta Unión Soviética. Avtomat Kalashnikov, AK–47 fue el nombre con el que se conoció en el mundo.
 
Eran los duros años de la Guerra Fría, donde las dos potencias evitaban el conflicto directo y optaban por los enfrentamientos en territorios distintos y distantes. Así vino Corea, Vietnam, Angola, Medio Oriente, donde todos los bandos comunistas, con apoyo soviético, portaban Kalashnikov en abundancia.
 
No hay ninguna imagen de un grupo revolucionario o incluso terrorista en su momento, que no utilizara estos famosos rifles. Para la CIA y el Pentágono, resultaba inmediata la operación al observar imágenes o fotos de los activistas y militares de cualquier región cuando poseían esas armas. La Unión Soviética no aplicó, sino hasta muchos años después, un criterio comercial capitalista de expansión de su producto y dominio de un mercado. Se trataba más bien de un instrumento mortal de apoyo ideológico y armamentista. Lo tuvieron los coreanos del norte, como también los vietnamitas, los palestinos, los afganos leales, los angoleños, y muchos más.
 
A Cuba llegaron después, con la revolución ganada y en vías de convertirse en gobierno.
 
Los árabes los compraron por toneladas, que curiosamente después utilizaron contra los propios soviéticos en el movimiento islamista para liberar a Afganistán.
 
Mijaíl no hizo dinero con su arma. Ganó honores y medallas, una pensión digna, el grado de mayor general entregado ya en la Rusia postsoviética por el presidente Boris Yeltsin. Pero no fue un magnate armamentista que se enriqueció con su popular invento. Llevó una vida reposada, como celebridad de otra época, pero en la austeridad de los altos mandos militares preestalinistas. Nada de mansiones ni propiedades, solo muchas medallas.
 
Múltiples fabricantes de armas en el mundo copiaron el Kalashnikov, lo reprodujeron hasta el cansancio, inundando selvas y montañas tropicales, o desiertos árabes, sirios y palestinos. El Kalashnikov “tropicalizado” por nuestros narcos mexicanos como “cuerno de chivo” es tal vez el arma más utilizada y fabricada en la historia. No existe bazuca, pistola o granada que haya sido instrumento de más ejércitos, guerrillas, movimientos sociales, terroristas o incluso criminales y delincuentes. Es universal, hasta el exceso de ejemplares bañados en oro o cubiertos por piedras preciosas.
 
Mijaíl Kalashnikov se fue a la tumba con sus 94 años, su exigua pensión y su departamento asegurado en Moscú, repleto de medallas, premios y nombramientos. Cuenta la leyenda que nunca viajó al extranjero porque temía que su nombre fuera reconocido en aduanas y aeropuertos sin poder predecir las consecuencias. Pudo ser inmensamente rico por su invento y por lo que los mercadólogos llaman el “posicionamiento de mercado”, pero los tiempos soviéticos lo impidieron.