Opinión

El general no tiene quien le escriba

  
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[Salvador Cienfuegos/Secretario de la Defensa/Imagen de archivo/Cuartoscuro] Ejército, gobierno y pueblo, construyen un México sólido.

El coronel esperó esa carta por cerca de tres lustros, esperó la carta que al anunciar su pensión cambiaría su vida. Fiel, puntualmente y sin perder la esperanza, acudió cada semana al correo en busca de esa carta que transformaría todo de ese mensaje que nunca llegó. Este es el protagonista de la novela que, en 1961, publicó Gabriel García Márquez bajo el título de El coronel no tiene quien le escriba.

Hoy, el general y sus tropas llevan años esperando quién les escriba. Los mensajes no llegan, por el contrario, cada día se les exige más presencia, más acción y asumir más responsabilidades.

Llevan años aguardando por un marco jurídico que reconozca las nuevas realidades que enfrentan. “Los soldados –afirmó el general Cienfuegos– ya mejor piensan si le entran a enfrentar a los grupos delictivos con el riesgo de ir a la cárcel acusados de violar los derechos humanos, o que sean procesados por desobedecer”.

Llevan años esperando la renovación y la preparación de cuerpos policíacos a nivel estatal y municipal. Años aguardando a que cada una de las instituciones con responsabilidades en materia de seguridad cumplan con su mandato.

Ante la ausencia de mensajes y hechos contundentes, el general ya puso sus cartas sobre la mesa: “Quieren que estemos en los cuarteles, adelante, yo sería el primero en levantar no una, las dos manos para que nos vayamos a hacer nuestras tareas constitucionales”.

Y en este punto, la esquizofrenia se fortalece día con día. Mientras un sector reclama el regreso de las Fuerzas Armadas a sus cuarteles, sectores amplios de la población, así como gobernadores y alcaldes en territorios tomados y/o amenazados por el crimen y la delincuencia organizada, piden justamente lo contrario: no sólo que no regresen a sus cuarteles, sino que permanezcan e incluso fortalezcan su presencia y participación.

Frente a las voces que con razones legítimas reclaman que el Ejército no está preparado para muchas de las tareas que hoy se le exigen, la respuesta del general secretario fue también contundente: “No nos sentimos a gusto, no estudiamos para perseguir delincuentes, nuestra función es otra y se está desnaturalizando”.

Y a diferencia del protagonista de García Márquez, que siempre esperó correspondencia, que nunca escribió sus propias cartas y que aguardó pacientemente, el general ha escrito sus cartas, ha compartido el contenido de las mismas desde su ronco pecho y también reclama, ya con impaciencia, por las respuestas que siguen sin llegar a su institución.

Los mismos soldados que auxiliaron a un delincuente con apego a derechos humanos en Sinaloa, fueron acribillados el mismo día por los cómplices de la banda. En nuestro país, salvo muy raras excepciones, se conocen y menos aún se honran a mujeres y hombres que han dado su vida en defensa de nosotros.

Hace no mucho tiempo, le pregunté a un alto mando del Ejército Mexicano, en una de las entidades con mayor incidencia delictiva, sobre cómo desde la ciudadanía podíamos contribuir, me respondió: “Ayuden en dos asuntos concretos y fundamentales: primero les pido que cuando se topen con un soldado lo volteen a mirar y al menos lo saluden. La indiferencia de una gran parte de la población con nuestra tropa es creciente y en ocasiones lo que reciben son ofensas y desprecio. En segundo lugar, les pido que nos unamos para recuperar el orgullo de ser soldado. Hay quienes ya no quieren portar sus uniformes, pues lo que reciben a cambio es todo menos aliento y reconocimiento”.

El mensaje del general no tuvo desperdicio. Reconoció que 2016 no había sido un buen año; que la violencia e inseguridad no se pueden resolver a balazos; hizo duros cuestionamientos al Nuevo Sistema de Justicia Penal y su balance fue que la muerte de mexicanos, “del lado que sea”, no debió haber sucedido.

Cada una de las cartas del general y sus tropas tienen destinatario. Autoridades en todos los órdenes de gobierno, partidos políticos, legisladores, ciudadanos. La voz del general retumba fuerte porque exige que no se normalice lo que está sucediendo y que el buzón, hasta hora casi vacío de las Fuerzas Armadas, reciba con urgencia y responsabilidad la tan anhelada correspondencia. No queremos un país militarizado, pero tampoco unas Fuerzas Armadas a las que se exige de todo sin un marco legal que dé certeza.

Porque la única respuesta que no podemos permitirnos es justamente la que da el coronel a su esposa cuando lo increpa y le pregunta: “Dime, qué comemos”. El coronel responde: “Mierda".

Twitter: @JosefinaVM

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