Opinión

El futuro ya no es lo que era


 
Al observar la secuencia de las reformas propuestas por el gobierno de Peña Nieto me da la impresión de que piensan empezar con el mínimo necesario, buscando mantenerse dentro del Pacto para después ir más a fondo, quizá después de las elecciones de medio sexenio en 2015. Si estoy en lo correcto, esa estrategia puede resultar poco realista pues asumen supuestos quizá demasiados optimistas.
 
Para empezar, me parece fundamental recordar que el mundo está, y seguirá, inmerso en la “gran recesión”. El crecimiento mundial de la economía continuará siendo débil en los próximos años.
 
 
Las economías desarrolladas crecerán muy por debajo de su potencial, pues la economía estadounidense, la más grande del mundo, seguirá en su lento proceso de desendeudamiento, mientras que la europea seguirá totalmente estancada, dando tiempo a que las economías del sur del continente recuperen competitividad y logren un balance fiscal mínimo. El crecimiento de las economías emergentes se desacelerará conforme el modelo económico chino cambie de estar basado en altos niveles de inversión, que provocaban altos excedentes de producción que se exportaban, a empezar a depender de un mercado interno que paulatinamente crece. Eso implica menor demanda por materias primas en un momento en el cual economías como las de la India y Brasil están urgidas de exportar más.
 
Una economía mundial en lento crecimiento es un escenario claramente optimista. En una perspectiva más negra, la burbuja inmobiliaria china podría reventar y la economía estadounidense podría presentar problemas similares a los de la irresponsable emisión de productos estructurados hipotecarios que se colapsó en 2008, pues en estos momentos la emisión de bonos de baja calidad crediticia empieza a exceder límites prudentes. Europa podría entrar en la segunda fase de su crisis conforme se vuelve evidente que Grecia necesitará otro plan de rescate y la economía francesa muestra una preocupante caída que se ahonda por las torpes políticas del gobierno de Hollande.
 
No hay certeza alguna de que en un par de años el entorno internacional será propicio para que México haga reformas más profundas de las que parecen viables hoy. El gobierno de Peña Nieto está hoy más débil que cuando arrancó, pues el crecimiento económico de 2013 será muy inferior a lo esperado. Esto ha ocurrido no por razones imputables al gobierno de Peña, pues aun si hubieran puesto sobre la mesa reformas con la profundidad que querríamos, la inversión no arranca de la noche a la mañana. Ciertamente, ha quedado claro que incluso la inversión pública requiere de mucho más tiempo para materializarse debido a los trámites y estudios normales para cualquier gran proyecto. Creo, sin embargo, que si se estuvieran presentando reformas más profundas, la perspectiva de muchos mayores niveles de inversión privada permitiría un optimismo realista y menos sensible al entorno internacional.
 
Este gobierno tiene que entender que el mundo está inmerso en una gran revolución que proviene de dos enormes tendencias. Por una parte, la innegable debilidad en la demanda proveniente de los países desarrollados ha forzado a que las grandes industrias hagan enormes inversiones en logística y en sus cadenas de abasto para abatir costos. Esto puede traerle enormes beneficios a México porque se vuelve importante traer capacidad industrial físicamente más cerca de sus mercados, es decir, de China a Estados Unidos o a México. Por otra parte, el enorme abatimiento en costos de energía estadounidenses que proviene del rápido desarrollo de la extracción de gas de esquisto permite un renacimiento de la industria manufacturera estadounidense y está forzando a que capacidad industrial europea se mude al nuevo continente. Si México da muestras de que sus reformas estructurales van en serio, nos hartaremos de ver industrias de todo el mundo tocando a nuestra puerta. México es la plataforma natural para acceder al nuevo gran proveedor de energéticos para el mundo: América del Norte.
 
El gobierno de Peña Nieto debe escoger entre hacer reformas de fondo hoy asumiendo un riesgo político, o hacer reformas a medias que tengan consenso. Además del riesgo de un entorno internacional complejo, el riesgo real que enfrenta esta administración no es el de un Pacto roto, sino el de que al tener años de crecimiento mediocre su capital político se agote más rápido de lo esperado. El riesgo aún mayor es que al hacer reformas a medias, alimente la narrativa de la izquierda que se opone a las reformas, dándoles el irrefutable argumento de que éstas no sirvieron para nada. Eso pondría no sólo en duda a las reformas en sí, sino incluso al paradigma electo.
 
Considerando que este gobierno ha roto, además, el valioso tabú que impedía un mayor endeudamiento fiscal, dejaría al país vulnerable en exceso a caer en manos de un populista. Hay mucho en juego. Este gobierno tiene que atreverse a ir a fondo y tiene que hacerlo pronto. El resto del mundo no nos va a esperar. El tren está a punto de partir, con o sin nosotros.