Opinión

El Frente, última llamada

    
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Frente Ciudadano

El Frente se encuentra en estado de coma. Su condición vegetativa se debe a que no ha podido pasar de un acuerdo de sobrevivencia. Detrás de la idea de una coalición opositora sólo hay, hasta ahora, una ilusión aritmética: la aparente posibilidad de sumar pedazos de representación. Sin otro cohesivo que la aversión a algo o a alguien, el Frente se empequeñece en pulsos de toma y daca para salvar lo propio y facilitar el curso de las aspiraciones personales de unos cuantos. “Con tu montón de votos y el mío, ganas tú aquí, ganó yo allá y todos felices”. Si el Frente quiere conformar un polo renovador del sistema de partidos, no debe extraviarse en un penoso reparto de cuotas entre cuates. En lugar de sacudir la mesa de nuestro pluralismo con métodos atractivos de decisión, con una alternativa programática coherente y nuevas formas de ejercicio del poder público, la alianza reproduce los males que causaron la crisis actual de los partidos de la transición: encierros cupulares para sortear los estorbos de la vida interna; silencios y claudicaciones para cachar todo; matrimonios de conveniencia que terminan en gobiernos ineficaces.

La democracia mexicana concedió a los partidos el poder de configurar la boleta electoral. Si bien las candidaturas independientes erosionaron marginalmente ese monopolio, lo cierto es que los partidos siguen acaparando la capacidad de decidir quién compite. En la ruptura de esa inercia gravitaba la ventaja del Frente. La convocatoria ciudadana inicial sugería que los partidos habían entendido la lección. No fue así: bajo el argumento de que la ley limita los márgenes de maniobra y la coartada de la probable intervención del PRI, los tutores del Frente avanzan con rumbo a las imposiciones cupulares. Desperdician la oportunidad de innovar en el método para elegir a sus candidatos y cada día se alejan más de la posibilidad de presentar algo diferente, audaz. Su primera derrota es no haber capturado el esfuerzo independiente. La segunda fue haberse rendido ante el conflicto de interés. El Frente no tendrá reserva moral para diferenciarse de sus adversarios. Muy probablemente la pasarela del PRI tendrá mejor apariencia que la inminente negociación obscura de los frentistas.

El Frente debe definirse programáticamente. Hoy, su narrativa es de meros lugares comunes. Esas abstracciones en las que cabe todo y que, por tanto, no dicen nada. El Frente debe entender que su apuesta es redefinir la geografía política del pluralismo. Su objetivo debe ser un nuevo centro político que reconcilie el socialismo democrático con el humanismo liberal. Abrir conscientemente la discusión –adentro de cada partido y entre sí–, sobre lo que cada parte defiende y sobre lo que puede uno u otro matizar o ceder. La conformación del Frente es la ocasión para provocar que la izquierda se entienda con el lenguaje de los mercados, las libertades económicas, la apertura e integración comercial. El pretexto para sacudir a la derecha de los dogmas que le impiden hablar de libertades sociales, del papel del Estado en la corrección de las fallas del mercado, de la urgente necesidad de atender la cuestión del ingreso desde el enfoque de la justicia y no sólo de la productividad. En la historia de cada partido hay (todavía) la inspiración suficiente para arribar a un entendimiento tridimensional de la libertad: como muro infranqueable frente al poderoso, como plataforma mínima para salir adelante a través del mérito propio, como palanca para incidir efectivamente en lo común. Eso significa el centro político en el siglo XXI: un modelo de organización basado en derechos y en el imperio de la ley; en mercados abiertos, eficientes y competitivos; en servicios públicos que nos igualen a todos en las oportunidades.

El Frente se amalgama en la propuesta de un gobierno de coalición: sillas para todos los aliados, a cambio de mayorías estables para amortiguar los inconvenientes de la pulverización de la capacidad de decisión. El Frente, sin embargo, tiene la histórica misión de proponer mucho más que un gobierno repartido. Su aspiración debe ser cambiar el poder. El país necesita gobiernos y administraciones profesionales que den estabilidad a la función pública y reduzcan los riesgos de la corrupción y de la incompetencia. Gobiernos auténticamente abiertos al escrutinio y a la participación ciudadana. Nuevos procesos que se preocupen no sólo por la legitimidad de origen, sino que ensanchen la de ejercicio.

Este es el Frente que puede ser, todavía, muy a pesar de esos frentistas que sólo piensan en su interés.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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