Opinión

El fin de los cuentos

    
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La compañía de publicidad apunta que la idea surgió de las selfies, que “han formado parte del leguaje del momento, pero en vez de usar a personas, nosotros usamos animales”.

Sin cuentos, no somos muy diferentes de otros animales. Como todos ellos, nos motiva sobrevivir y reproducirnos, y como ocurre con los otros (pocos) animales sociales, para ello dependemos de pertenecer a un grupo y, dentro de él, ubicarnos lo más alto posible, de acuerdo con las condiciones en él y nuestro propio carácter.

Lo que nosotros hacemos, y nadie más, es hablar, comunicarnos con un grado de complejidad varios niveles por encima del que puede alcanzar cualquier otro animal. Gracias a ello hemos podido construir grupos miles de veces mayores a lo que nuestra naturaleza nos permite. Y hemos podido mejorar nuestras herramientas, producir energía en grandes cantidades y multiplicarnos como tampoco lo ha logrado ningún otro animal (salvo, tal vez, los que viven para nosotros, como el ganado, o de nosotros, como las ratas).

Nuestra existencia, al menos desde hace 15 mil años, ha dependido de esa capacidad de construir cuentos que nos permitan vivir juntos, insisto, por encima del límite natural. La invención de la escritura nos permitió hacer historias mucho más complejas, y luego la invención de la imprenta nos permitió multiplicar su número y disponibilidad. Los medios masivos nos han llevado a crear historias que potencian el lenguaje con el acompañamiento de imágenes y sonidos.

Alrededor de esas historias, hemos podido construir diferentes tipos de organización social, que a su vez han facilitado u obstaculizado formas de producción. Las ciudades de hace 10 mil años permitían movilizar más personas que las bandas de cazadores-recolectores, de forma que era posible no sólo construir canales para producir más comida, sino ejércitos para defenderla o para ampliar los territorios disponibles. Los reinos de hace seis mil ya alcanzaban para gobernar a millones de personas y construir pirámides, zigurats o jardines colgantes. Las naciones, construidas para permitir pluralidad, permiten la aparición de la 'iniciativa privada', que dos siglos después fue la industria. Los medios masivos sostuvieron la industria masiva (como lo muestran los jeans, por poner un ejemplo).

En los años noventa, de forma casi simultánea, aparecen los reality shows e internet. Diez años después, las redes sociales. De entonces a la fecha han transcurrido otros diez años, y la estrella de un reality, gracias al manejo de redes de sus aliados, es ahora presidente de Estados Unidos. Con todo lo espectacular y trágico del evento, creo que es lo menos importante.

Lo más, me parece, es lo siguiente. Primero, los programas de realidad utilizan personas idénticas al público, colocadas en circunstancias poco comunes, pero de alguna forma imaginables, de manera que el público se identifique con lo que ahí ocurre, como si se tratase de su propia vida, de su propia 'realidad'.

Segundo, las redes sociales (o más ampliamente, las tecnologías de información y comunicaciones, TIC), son un mecanismo de comunicación que contiene a todos los anteriores: puede ser interactivo, puede o no ser sincrónico, puede usar palabras o escritos, imágenes o sonidos, y puede, además, conectar a miles de millones de seres humanos. Es, al mismo tiempo, lenguaje, escritura, imprenta y medio masivo.

La combinación es explosiva. Por un lado, la realidad se reduce al comportamiento rupestre; por otro, todos los discursos (y hay miles) son equiparables. Es decir: no hay héroes ni milagros ni una historia nacional. Hay vecinos en realities, perros y gatos maravillosos, y decenas de narrativas seudosociales compitiendo por apoyo.

Debí haber dicho: combinación implosiva. El sistema comunicacional dominante promueve la apatía, la dispersión, la sensación de que todo es lo mismo, de que nada vale la pena, más allá de la (muy) efímera fama, el chiste del gato, el más reciente meme (como le dicen en Twitter). No hay narración, no hay nada.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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