Opinión

El fin de Dilma

  
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Dilma Rousseff

El Senado de Brasil someterá hoy martes a votación del Pleno el juicio de procedencia para destituir definitivamente de su cargo a la señora Dilma Rousseff como presidenta del país. Se necesitan dos tercios de los 81 senadores en activo, es decir, con 54 votos a favor de la destitución la presidenta será definitiva e inexorablemente separada del cargo y enjuiciada por delitos diversos.

A los ojos del mundo el escándalo brasileño ha cruzado fronteras por la corrupción enquistada en el sistema y el aparato de partido-gobierno; sin embargo, Dilma no está directamente acusada de corrupción. La presidenta tiene cargos por desvíos presupuestales, por faltas administrativas que representan el movimiento de fondos públicos y la adquisición de deuda para cubrir déficit fiscal. En términos técnicos, cubrió malos desempeños de cuentas públicas, pero no se llevó –hasta ahora no se le ha imputado– dineros a su bolsa o a la de funcionarios afines.

Muchos otros políticos de su partido y de otras fuerzas están acusados de corrupción, de peculado, de sobornos, de aceptar comisiones, de instalar y encubrir un aparato de lavado de dinero que implicaba a funcionarios del Partido del Trabajo –el propio tesorero está en la cárcel– que aprovechaba los enormes y abundantes contratos de Petrobras y sus jugosas comisiones para comprar votos y voluntades en el Congreso y en la iniciativa privada. El célebre caso Lava Jato arranca en una estación de lavado de coches, que servía de pantalla para un centro de lavado de dinero. Seguramente, será el guion para una película en los años por venir.

Dilma se presentó ayer ante el Senado y lanzó lo que a juicio de muchos será su último discurso frente al Congreso, donde llamó a los legisladores a actuar en conciencia, a defender la democracia brasileña e impedir el golpe de Estado. Ofreció retirarse de inmediato del cargo para convocar a elecciones generales –programadas para 2018– y reconstruir una nueva atmósfera democrática y de confianza en el país.

Los ánimos están en su contra, no tanto por la gravedad de las faltas cometidas, sino por la inacción de un gobierno que presenció uno de los capítulos más sucios de tráfico de influencias y lavado de dinero público como pago de favores y alianzas en lo político y no hizo nada, no ejerció acción penal en contra de nadie.

Tal vez el incidente que la hunde ante la opinión pública es la carta aquella que envía a Lula da Silva, su antecesor, profeta, ícono admirado y querido, cuando es llevado por la policía a una larga sesión de interrogatorio. Su sucesora, pupila y amiga, la presidenta Dilma, le envía un salvoconducto mediante nombramiento a cargo del gabinete, para otorgarle fuero y protección constitucional contra la eventual acción de la justicia en su contra. Cuando ese documento se hace público, la ya deteriorada imagen y reputación de Dilma se va al subsuelo.

El vicepresidente Michel Temer y hoy presidente en funciones, aliado de otra fuerza política para integrar los votos necesarios y formar el segundo gobierno de Dilma después de una victoria estrecha del Partido del Trabajo, actuó para beneficio propio. Sacó las manos de la defensa de su jefa y antigua aliada y, según Dilma, se convirtió en el traidor supremo al orquestar el impeachment o juicio de destitución.

El mundo entero vio a Temer en el palco presidencial en la apertura de los Juegos Olímpicos hace tres semanas, donde fue brutalmente abucheado por la grada inclemente del Maracaná.

El ídolo Lula, bajo investigación también por un supuesto regalo de un Triplex (departamento de tres pisos) en la icónica avenida Paolista, se ha derrumbado en las cifras de aprobación y con ello el sueño de que a Dilma la sucediera el propio Lula para un tercer periodo presidencial no consecutivo.

Pasada la fiesta Olímpica, cerrada la ventana y las del mundo, Brasil vuelve a su crisis política que busca sangre y culpables por la crisis económica que ha derrumbado el empleo, el ingreso, disparado la inflación y despejado el sueño del gigante económico en ascenso que alcanzaba la prosperidad. Se acabó la fantasía, se acabó el bienestar impulsado por la locomotora de la economía china, que al momento de desacelerar provoca un decremento –crecimiento negativo– en Brasil de menos 4.0 por ciento.

Los brasileños quieren culpables, responsables, colgados en la plaza pública. Y aunque en estricto sentido Dilma pueda no ser la directa responsable de estas desgracias, fue la cabeza de un gobierno que descuidó los intereses de la mayoría. Dilma llegará hoy a su fin como presidenta y pasará a la historia como destituida. Lula tendrá aún que enfrentar su propio juicio pero todos los sondeos indican que difícilmente salvará alguna condena que lo imposibilite para ser candidato presidencial una vez más. Temer tendrá que convocar a elecciones en 2018 y Brasil deberá reconstruirse desde las cenizas.

Twitter: @LKourchenko

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