Opinión

El fantasma del “euroescepticismo” recorre Europa

La próxima semana empieza el proceso de elección de los 751 miembros del Parlamento europeo. Esta asamblea representará a 500 millones de ciudadanos de 28 países, quienes en su mayoría no saben si saldrán a votar, ni tampoco les queda claro por qué es importante hacerlo. De acuerdo con las encuestas más recientes, el abstencionismo resultará el ganador de la contienda. En las elecciones más recientes, celebradas en 2009, participó sólo 43 por ciento del electorado. Se estima que en esta ocasión el porcentaje será similar.

Estas cifras podrían llevarnos a simplificar que la mayor parte de los ciudadanos son indiferentes al ideal de una Europa unida a favor de la paz o francamente hostiles a esta aspiración. Lo paradójico es que una buena parte de los que votarán lo harán para restarle poder a las instituciones europeas y los ciudadanos proeuropeos no saldrán a defenderlas.

El cuestionamiento profundo sobre la relevancia del proyecto integracionista es una de las consecuencias de la peor recesión y crisis financiera que ha experimentado la Unión Europea (UE) en sus 56 años de historia. Parte del electorado no entiende para qué necesita funcionarios que regulan su vida diaria hasta la más mínima expresión y que, sin embargo, no pudieron hacer nada por ellos cuando perdieron su empleo o su casa.

Hace algún tiempo, se pensaba que éstas serían las elecciones más importantes en la historia de la UE; por primera vez, los europeos iban a decidir quién presidiría la Comision Europea; lo más cercano a elegir al “presidente de Europa”. Sin embargo, con este ejercicio se ha puesto a prueba a los partidos en el poder en casi todos los estados miembros. Se acusa a los partidos gobernantes de haber adoptado medidas de austeridad, dictadas por Bruselas, que agravaron el desempleo y la crisis.

Karl Marx escribía durante un periodo de crisis y turbulencia a mediados del siglo XIX que un fantasma recorría Europa, el fantasma del comunismo. Hoy, el fantasma que recorre Europa es el “euroescepticismo” que tiene expresión política en el fuerte rechazo a los grandes partidos políticos tradicionales, desgastados por años de alternancia en el poder y de crisis económica. Este rechazo beneficia a los partidos más pequeños, en especial a los de extrema derecha e izquierda, que no necesariamente defienden los mejores intereses de la UE, pero han aprovechado el descontento popular para atraer votantes con discursos de corte nacionalista y antiinmigrante.

La mayoría absoluta en el Parlamento se alcanza con 376 votos, lo que supone que para elegir al candidato que presente el Consejo Europeo para presidir la comisión se deberán de formar alianzas entre partidos tradicionalmente opuestos. Aquellos que defienden a la UE deberían darse cuenta de la importancia de movilizar a sus electores en estos momentos.

La Unión Europea es el proyecto integracionista más importante en la historia moderna. Su ejemplo ha contribuido a forjar la esperanza en otras latitudes de que es posible reconciliarse con la historia. La integración europea ha enseñado que los nacionalismos exacerbados y los populismos intransigentes, ambos anclados en el miedo, provocan exclusión y que la vía a la paz y la prosperidad está en el diseño de un futuro común, subsidiario, que distribuya sus competencias de acuerdo al ámbito más cercano al ciudadano.

Este futuro común parece hoy incierto, pero también es claro que refugiarse en las fronteras nacionales que definieron Europa durante siglos no resolverá los problemas del siglo XXI. Como ha insistido el candidato liberal Guy Verhofstadt, los resultados de estas elecciones deberían conducir a que los líderes de Europa propongan una visión nueva y positiva sobre la UE del mañana, que se apoye en el bagaje comunitario de los últimos 60 años, pero que funcione de manera más eficaz para responder a las exigencias de los ciudadanos de Europa.