Opinión

El éxodo de los simios

 
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planeta de los simios

Tanto Rise como Dawn of the Planet of the Apes se distinguen por su sofisticación, una rara característica entre la oferta comercial, dominada por superhéroes desde lo que se siente como un siglo. La primera, dirigida por Rupert Wyatt, es espléndida: paciente en su desarrollo, llena de recursos visuales y a menudo compleja en su discurso sobre la delgada brecha que separa a animales y humanos. Por lo tanto, es natural que muchos esperáramos grandes cosas de la tercera parte de la saga, que también concluiría la historia de Caesar (Andy Serkis), el simio hiperinteligente, líder de la rebelión contra la humanidad. Y War for the Planet of the Apes no decepciona.

Matt Reeves, también director de la anterior secuela, hizo su tarea. Desde la primera escena, cuando vemos cruzar la jungla a un batallón con lemas antisimios sobre sus cascos, War for the Planet of the Apes revela sus muchas influencias. Esa larga toma podría pertenecer a Platoon, de Oliver Stone, o Casualties of War, de De Palma. Más adelante, al presentar a su antagónico, interpretado por Woody Harrelson, Reeves se inspira en el Coronel Kurtz de Apocalypse Now. Seguir la pauta del gran cine de la guerra de Vietnam quizás no sea una sorpresa, pero Reeves no se queda en guiños y homenajes. Cuando Caesar abandona su campamento en busca de venganza, War for the Planet of the Apes adquiere tintes bíblicos más que bélicos. Es el éxodo de los simios, con Caesar como un Moisés que deberá liberar a su pueblo de la esclavitud y, tras cruzar un desierto, guiarlos hacia la tierra prometida.

La mezcla funciona gracias y no a pesar de sus muchas complicaciones. No sé, por ejemplo, si haya una sola película de corte comercial que haya dependido tanto de subtítulos: los simios se comunican con señas, lo que convierte a War for the Planet of the Apes en una cinta con largos trechos mudos, una anomalía entre las películas de elevados presupuestos. Fuera de ser un lastre, Reeves se da vuelo en estos pasajes. Algunos involucran a Nova (Amiah Miller), una niña humana, rescatada por los simios, que ha perdido la capacidad de hablar. Estos momentos donde un personaje descubre compasión o ternura en el otro son conmovedores: el fotógrafo Michael Seresin coloca la cámara justo al frente de simios y hombres, para que parezca que nos ven a los ojos, involucrando a la audiencia en el proceso de simpatizar tanto con una persona como con un orangután.

Ayuda, claro, que Caesar, Maurice, Bad Ape y el resto de los simios sean creaciones digitales asombrosas, tanto así que los actores de carne y hueso con frecuencia desmerecen frente a ellos. Serkis, en especial, continúa su espléndida carrera dando vida a criaturas aparentemente distintas a nosotros pero, en el fondo, reflejo de nuestros defectos y virtudes. Resignado, trágico y triste, Caesar es un héroe a la altura del contexto bíblico que Reeves le otorga. En una mirada suya hay más complejidad que en toda la actuación de Harrelson. Quiero creer que la disparidad entre uno y otro es intencional.

Twitter: @dkrauze156

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