Opinión

El ex oligarca, las Pussy Riot y los juegos de Sochi


 
 
 
En el apogeo de su poder, es claro que Vladimir Putin ordenó la liberación de Mijaíl Jodorkovsky el viernes, seguida ayer por la de Maria Alyojina y Nadezha Tolokonnikova, integrantes del grupo punk Pussy Riot, para demostrar que es magnánimo de cara a los juegos olímpicos de invierno en Sochi que arrancarán el 7 de febrero y serán el acontecimiento deportivo más importante en el gigante euroasiático desde Moscú 1980 y aquel famoso boicot estadounidense por la invasión de Afganistán (ahora ocupado por el Pentágono).
 
Como se recordará, el encarcelamiento de Jodorkovsky por fraude y evasión fiscal ––cargos que sigue llamando “fantasmagóricos”–– hace diez años fue posiblemente un golpe tan importante para que Putin se afianzara en el Kremlin como la segunda invasión de Chechenia en 1999, cuando el entonces premier ya se perfilaba para suceder a Boris Yeltsin. No fue tan sólo una lucha por el poder, aunque Jodorkovsky no ocultaba sus intenciones de presentarse a la votación presidencial de 2008 al frente de los “liberales”: También había que meter en cintura a los oligarcas que se beneficiaron de las privatizaciones mafiosas avaladas por Yeltsin y así cayeron, previamente, Boris Berezovsky y Vladimir Gusinsky.
 
A sus 40 años, Jodorkovsky era el magnate superlativo de Rusia, con una fortuna de 11 mil millones de dólares y la propiedad de la petrolera YukosSibneft, que posiblemente habría sido absorbida en 40 por ciento por Exxon y Chevron, lo que habría puesto en riesgo la seguridad energética de Moscú y la palanca que Putin ha manejado con habilidad para la recuperación del país.
 
Migas
 
Jodorkovsky coqueteaba con el establecimiento norteamericano. Intentó reunirse con la flamante asesora de Seguridad Nacional del segundo régimen Bush, Condoleezza Rice, quien lo ignoró recordando las denuncias en su contra sobre “negocios inapropiados” y su cabildeo millonario en el Capitolio, pero a cambio hizo migas con Spencer Abraham, secretario de Energía, y con Henry Kissinger.
 
Ahora ha declarado, apunta The Guardian, que se limitará a la “actividad pública” para promover la liberación de otros prisioneros políticos, lo que “consternó” a la oposición, que se obstinó a lo largo de estos diez años en presentarlo como “filósofo político y gurú de la justicia social”. Nada de pensar otra vez en elecciones, pues como dice el ultraderechista Boris Nemtsov, es un “valiente” que tiene el “derecho moral” de no “sumergirse en la batalla política”.