Opinión

El Estado no es el pueblo

  
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Diputados constituyentes votaron esta tarde durante la sesión de la Asamblea Constituyente para elegir a  Alejandro Encinas como nuevo presidente de la mesa, siendo Clara Brugada, primera secretaria de la misma. (cuartoscuro)

El proyecto de Constitución de la CDMX ha levantado una gran polémica. No sólo por su lamentable redacción, sino por ser un catálogo de buenos deseos, que podría pasar por un pliego petitorio sindical.

A estas críticas, Alejandro Encinas, presidente del Constituyente, ha respondido tachándolas de neoliberales. Su argumento fundamental se sintetiza en la siguiente frase: se busca limitar los derechos a la disponibilidad presupuestal: “dime cuánto tienes, y te diré para cuántos derechos te alcanza”.

Ahora bien, prometer lo que no se puede cumplir conduce fatalmente en dos direcciones: a) la desafección a la ley, ya que todo mundo sabe que no se puede cumplir –que tiene su origen en la sentencia de la Colonia: acátese, pero no se cumpla–; b) demandar, vía judicial, al Estado para que haga efectivos los derechos consagrados constitucionalmente.

Pero, además, la propuesta de Constitución parte de supuestos problemáticos: 1) el Estado es la encarnación del interés universal; 2) el Estado sabe mejor que los individuos lo que les conviene; 3) el Estado recauda impuestos (expropia recursos) para hacer efectiva la justicia distributiva; 4) el Estado es la matriz de la cohesión social.

Los liberales y Marx han cuestionado de larga data la idea hegeliana del Estado como encarnación del interés universal. Marx lo definía como un sistema de dominación al servicio de la clase explotadora. El liberalismo asume que es un mal necesario, pero por lo mismo debe ser acotado y reducido al máximo.

El Estado, lejos de ser una entidad cristalina y pura, es una organización burocrática-política con intereses propios. Sus decisiones y expansión no responden a la búsqueda del bien común, sino a la voluntad de poder. Por eso la libertad de los individuos no debe ser inmolada ante ese Moloch.

Y de ahí deriva un corolario elemental: la expropiación de recursos, mediante la recaudación fiscal, no se traduce en mayor igualdad ni justicia social. El Estado no orienta con mayor eficiencia ni racionalidad los recursos que confisca a la sociedad.

Finalmente, el Estado no es la matriz de la organización social; coexiste con los sistemas económico, social y cultural. Los problemas no se resuelven con leyes y reglamentaciones. De hecho, la sobrerregulación tiene efectos negativos en todos los ámbitos, porque constriñe la libertad y la creatividad.

Fuera de quienes padecen la fiebre hegeliana, y los hay tanto en la izquierda como en el PRI y –en menor medida– en el PAN, nadie sostiene que una Constitución nos pueda llevar al paraíso. Así que entre más sobrios y breves, más eficientes serán los ordenamientos.

Por lo demás, en México las cosas han alcanzado niveles inauditos de descomposición. Enumero:

•El Estado se ha vuelto él instrumento de toda la clase política para acumular capital. La corrupción es la regla y el método.

•El Estado expropia fiscalmente para crear clientelas que permiten a los partidos disputar y conservar el poder.

•El endeudamiento y el gasto público desmedido están al servicio de la cooptación para ganar las elecciones.

•La irresponsabilidad se extiende también a la falta de jerarquía de tareas. Las funciones esenciales del Estado, seguridad y justicia, no se cumplen, pero proliferan dependencias inútiles e ineficientes.

•La clase política no está preocupada por el bien común, sino muy ocupada en su sobrevivencia y acumulación de poder y riqueza. Por eso entregan recursos con una mano, pero con la otra persiguen a los informales –de muy bajos ingresos– como si fueran delincuentes.

De ahí que la frase de Nietzsche tenga más pertinencia que nunca: el Estado es el más frío de todos los monstruos fríos, y en su boca se agita esta mentira: Yo, el Estado, soy el pueblo. A lo que se puede agregar la vieja sentencia de Ronald Reagan: el Estado no es la solución, es el problema.

Los 'honorables' constituyentes de la CDMX lejos de corregir el proyecto de Mancera seguramente lo empeorarán en medio de negociaciones absurdas e inconfesables. Al final, tendremos un engendro peor que la propuesta inicial, como tantas veces ya ha ocurrido.

Ese será el verdadero legado de Mancera, que además tendrá la desfachatez de presentarse como candidato a la presidencia de la República.

Twitter: @sanchezsusarrey

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