Opinión

El espejo venezolano

    
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Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. (AP)

El silencio ensordecedor de AMLO frente a la represión de Maduro lo retrata de cuerpo entero. Y no sólo a él. También a su séquito más cercano, integrado por Ackerman, más lopista que el propio López, Yeidckol y otros, además de los perredistas que no han dicho ni pío.

No es casual que así sea. López Obrador es un admirador de Luis Echeverría, López Portillo, Hugo Chávez y Fidel Castro. Su veneración se refiere a sus políticas estatistas o socialistas, pero también a su forma de personificar y ejercer el poder –todos líderes fuertes y autoritarios.

La izquierda socialista, marxista, aún agrupada en el PRD, cojea del mismo pie. Nunca hizo una autocrítica de su profesión de fe revolucionaria, de la descalificación de la democracia ni de su adhesión ciega al socialismo real; es decir, al totalitarismo.

Este pequeño inventario no es una ociosidad. Revela el fondo de los reflejos autoritarios de López Obrador y el resto de la izquierda –con notables excepciones–. Quienes afirman que Andrés Manuel ha abjurado de su radicalismo se equivocan. La modulación-moderación del discurso es una estrategia, no la expresión de un cambio sustancial.

La prueba de fuego de esa identidad mesiánica y revolucionaria está en que López Obrador jamás aceptará la derrota. Sus coordenadas mentales, articuladas en un silogismo férreo, se lo impiden: El pueblo bueno es revolucionario y mayoritario. Él es el líder orgánico de ese movimiento. Por lo tanto, no puede ser vencido, sino mediante fraudes y manipulaciones.

A Hugo Chávez y Maduro les aplica el mismo cartabón. El primero tenía más carisma y habilidades, pero su delfín encarna la esencia del proyecto revolucionario que enfrenta una insurrección organizada por la derecha y el imperialismo. Los campos así definidos no admiten dudas ni titubeos: con el pueblo y Maduro hasta la muerte.

El segundo error que cometen los ‘embajadores’ de AMLO, que ahora lo venden como inofensivo, es sobreestimar el poder y la fuerza de las instituciones. Me explico. Los pueblos se equivocan, es un hecho. Pero las consecuencias de esas equivocaciones son radicalmente distintas dependiendo de las circunstancias.

Hugo Chávez intentó un golpe de Estado en 1992, fracasó y terminó encarcelado. Dos años después salió de prisión, fundó su Movimiento Quinta República y ganó la presidencia en 1998. Ya en el poder, convocó a un Congreso Constituyente, arrasó con las instituciones y el viejo sistema de partidos, creó el Partido Socialista Unido de Venezuela, permaneció en el poder hasta su muerte, en 2013, y se sobrevivió a través de Maduro.

A contrapunto, Donald Trump ha sufrido una serie de derrotas y está enfrentando la resistencia del Poder Judicial, los demócratas, los mismos republicanos –en el caso del Obamacare–, los gobernadores y alcaldes progresistas y, por supuesto, los medios electrónicos y escritos. A grado tal, que el horizonte hacia la elección de 2018 se vislumbra ya nublado y borrascoso.

Sobra advertir que la debilidad institucional y la cultura presidencialista, que sigue latente en México, nos situarían, en el caso de una victoria de AMLO, en un escenario más parecido al venezolano que al estadounidense. Baste advertir que tanto el PRI como el PRD seguramente enfrentarían una estampida hacia Morena y su líder.

Pero las debilidades institucionales no terminan allí. La Suprema Corte de Justicia, confrontada con el presidente, sería denunciada y hostigada como un baluarte del conservadurismo, para no hablar de la autonomía del Banco de México o la segura claudicación de los gobernadores y los diputados.

Por lo demás, AMLO tiene 18 años en campaña si asumimos, como es el caso, que al convertirse en jefe de Gobierno inició su marcha a Los Pinos. Y durante todo este tiempo, particularmente en los últimos años, ha seguido en campaña anticipada, violando abiertamente la ley, sin que el INE diga una sola palabra.

La serpiente se muerde la cola. A diecinueve años de distancia, Venezuela está peor que nunca y aún está por verse cómo y a qué precio se librará de Maduro. Por eso en el espejo venezolano se puede leer una advertencia escueta, pero muy cierta: fíjate bien a quién eliges, porque es muy fácil entrar pero muy difícil salir.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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