Opinión

El espejo francés

    
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Macron, elecciones Francia. (Reuters)

Macron marcha imparable. Después de haber ganado ampliamente la presidencia, ahora se enfila a obtener una holgada mayoría en la Asamblea Nacional. El resultado de la primera vuelta, antier, será ratificado el próximo domingo. La inteligencia y habilidades del joven presidente son extraordinarias, amén de la forma en que debutó internacionalmente, poniendo a Trump en su lugar.

Así que no hay duda que Francia registrará un impulso reformador gracias a una condición necesaria y otra suficiente. La segunda es el liderazgo de Macron. La primera es un sistema político que garantiza la elección del presidente por mayoría absoluta, y que además le permite luchar por obtener una mayoría legislativa para gobernar e implementar sus reformas.

En México, en cambio, estamos en la olla. No sólo por la carencia de líderes responsables y capaces, sino por un sistema que debilita la institución presidencial y entrampa la capacidad de gobernar.

Hace muchos años, Sartori advirtió que la combinación de un régimen presidencial con un sistema de representación proporcional era el peor de los mundos posibles, porque impedía que el presidente tuviera una mayoría para gobernar.

El paso del tiempo no sólo le ha dado la razón al politólogo italiano, sino que ha agudizado los males que se vislumbraban en los años noventa. En 2018, el presidente será electo con poco más del treinta por ciento de la votación y no tendrá, ni de milagro, mayoría en el Congreso.

En ese mundo fragmentado, los partidos no representan a los ciudadanos, abandonan principios y valores, y las formaciones más pequeñas, que no encarnan otra cosa que sus mezquinos intereses, tienen un peso cada vez mayor. Porque son ellos los que finalmente inclinan la balanza en un sentido u otro.

Los sacerdotes de la representación proporcional, que los hay y forman legión, defienden este principio como un valor fundamental de la democracia. Pero, sin entrar en la crítica de la representación en sí –que siguiendo a Ortega y Gasset y otros, se puede y se debe hacer–, el caso de los partidos pequeños en México es un ejemplo paradigmático de formaciones que no representan a algún sector o grupo de ciudadanos. El Partido del Trabajo, vinculado a Corea del Norte, encarna los intereses de sus cuadros dirigentes, nada más. Y qué decir del Partido Verde, que defiende la pena de muerte, o Nueva Alianza –invento de la maestra Gordillo.

En ese aquelarre, los valores y principios se devalúan aceleradamente. AMLO se define de izquierda, pero se rodea de personajes como Alfonso Romo (ultraconservador), o de priistas de la vieja guardia (Manuel Bartlett et alii). Y el PAN y el PRD van en alianza aunque tengan diferencias en asuntos esenciales, como la economía y los derechos de las minorías.

Por eso se puede afirmar que las alianzas no tienen otro propósito que ganar o mantener el poder. La ideología y los programas de gobierno son irrelevantes. De manera tal, que las eventuales correspondencias entre identidades partidarias y sectores de la población se tornan aún más confusas.

Por si fuera poco, la generalización de la corrupción, y la mimetización de los partidos, ha generado un nuevo código que permea a la clase política: la omertá (silencio cómplice de los cómplices), como un valor entendido. Nadie tira la primera piedra, porque todos tienen cola que les pisen.

Dados esos intereses y dinámica, no extraña que la agenda de los partidos tenga poco o nada que ver con las preocupaciones ciudadanas; mientras, las organizaciones políticas levantan la bandera de la justicia social y los programas clientelares, la inseguridad, la fallida impartición de justicia y la impunidad alcanzan niveles intolerables. A final de cuentas, el paternalismo permite ganar elecciones, la seguridad y la justicia, no.

El espejo francés nos devuelve la imagen real de nuestra democracia: un sistema contrahecho, ajeno a la ciudadanía y sus preocupaciones. Con un agravante: no se visualiza quién ni cómo podría emprender la cirugía que requiere el orden político. Por lo demás, la instauración de la segunda vuelta en los comicios presidenciales –como algunos proponen, con razón– de poco serviría si no se extiende el mismo procedimiento a la elección de los legisladores, tal como ocurre en Francia.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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