Opinión

El escritor, hoy

A Juan José Arreola, in memoriam.

Dos fenómenos, entre otros, marcan a fuego el año catorce del siglo XXI (y, en México, no sabemos bien a bien si ya pasaron el XIX y el XX).

¿Dos fenómenos? ¿Cuáles?

Uno, sociológico: las “redes” que han puesto contra la pared a medios tradicionales de comunicación. La prensa escrita por parte de la opinión pública; el boletín del lado del estamento oficial. Una y otro enfrentan la simultaneidad, el tiempo real.

Otro, de carácter antropológico: el autorretrato electrónico.

Para simplificar, podemos hablar de comunicación colectiva omnipresente, por una parte, y de selfismo, por otra.

Manifestaciones, en sus comienzos hijas del anonimato, de las que se han apoderado la clase política y los Happy Few. Aunque ornados por la desconfianza, el oportunismo y el descrédito.

No es lo mismo una “red” con fines de denuncia de un atropello que el atropello de “subir” las vacaciones y desmanes de un hijo de papi.

Bien.

¿Qué lugar corresponde en este panorama que exalta lo mismo el Discurso que el Personaje, atributos de la Literatura, al escritor artista? El que frecuenta una, dos, o todas las especies que, a partir de la antigüedad clásica, han terminado por imponerse: la novela, el cuento, la poesía, la dramaturgia, el ensayo de envergadura literaria.

Confieso que rato llevo dándole vueltas a la cuestión, inevitable como el desgrane de cada 24 horas, caiga el Sol a plomo o como, pese al disparo de la primavera, llueva a mares.

A lo que menester es añadir las transformaciones sufridas en los entresijos de la mismísima República de las Letras.

Hablo de nuevas condiciones de creación, edición, circulación, recepción. Por ejemplo, la plena libertad de expresión se ha venido agostando. El libro que el lector tiene en sus manos, prosa o poesía, es resultado de numerosas intervenciones. Empezando por el medio editorial en el que la estética es desplazada por la rentabilidad.

Condicionantes son, asimismo, las agencias literarias (entre nosotros todavía en pañales), los premios, las becas, los programas de estímulos a la creación, etcétera.

Origen de las autobiografías desencantadas de algunos editores de reza que tiran la toalla. Reclamando, a modo de cantinela, el fin del riesgo, de la tensión, de la innovación.

Sin que, es verdad, las tendencias actuales “Aquí y en China” (como se decía antaño) modifiquen (no todavía) el “deep web” de las letras creativas. Que sus grandes obras y episodios se inscriben en el presente, pese al olvido de la prensa o peor aún de la investigación académica. Que, campo de fuerzas, combaten el orden y la subversión, la tradición y la ruptura.

Torno al desplazamiento del Discurso (hoy práctica masiva) y del Personaje (hoy, todo poseedor de un I-Phone, un I-Pad.9). Me pregunto: ¿no debe este cambio, a su vez, modificar la idea al uso de triunfo y fracaso, éxito y falta de éxito?

Se me imponen dos casos emblemáticos: Alfonso Reyes (podría tratarse de Carlos Fuentes) y Juan Rulfo (podría tratarse de Julio Torri).

Alfonso: 26 tomos de Obras Completas, 7 tomos del diario, 2 de informes diplomáticos, y decenas de epistolarios. Yo estoy en la tarea: dos epistolarios, ambos en colaboración: el cruzado con Ramón Gómez de a Serna y, cual Torre de Control, con cinco eminentes compatriotas. Pues bien: obra inmensa la de Reyes; pero escasamente leída más si no es que de plano echa a un lado. Como si todavía contendieran la envidia y la falsa acusación de descastamiento que lo acompañaron desde sus éxitos madrileños, pre republicanos, y a su regreso definitivo a la patria (y al encapillamiento).

Juan, por el contrario, autor en lo esencial de 2 títulos (como en el boxea, Uno-Dos-Dos, gancho al hígado y upper-cut) Obras escasa pero leidísima en contradicción con la leyenda del autor fracasado, estéril, infecundo.

¿Por qué el contraste entre Reyes y Rulfo, dos erres en la cima misma de nuestra literatura de todos los tiempos? ¿Por qué el primero no explotó su otra faceta, la de dibujante y caricaturista; en tanto que el segundo resurgió como fotógrafo excepcional (en la línea de Weston, o Álvarez Bravo, o del Figueroa cinefotógrafo)?

No lo creo.

Quizá, en efecto, llegado es el momento de revisar el tradicional contraste y lugar común, de escribir/morir en la raya versus el abandono, si temprano peor, de la obra.

A lo mejor, dada la competen actual (Discurso, Personaje) de email, “mensaje”, “tuiter” fotoshop camino al selfie, convenga, en vez de una super abundante bibliografía, mínima salida a las librerías.

O, para no ir a los extremos: siete, nueve, diez títulos, caballitos de batalla.

No más.