Opinión

El equipo mexicano

En estos días convulsos en que el legendario Luiz Inácio Lula Da Silva pierde el estilo, rompe cualquier decoro diplomático y se atreve a decir que otro país –“amigo”– está peor que el suyo –que no está bien– la esperanza futbolera de millones de mexicanos viaja con nuestro representativo nacional a hacer, lo que mejor se pueda.

Durante los 8 años que Lula gobernó su país alcanzó logros significativos. No solamente tasas de crecimiento sin precedente para Brasil y tal vez para ningún otro en el cono sur en muchos años -7.5 y hasta 8.0 por ciento-, sino que logró las condiciones, el empleo, la seguridad social y la atmósfera de inversión para convertir a 20 millones de brasileños en una rotunda y sólida clase media ascendente. No hay registro, salvo tal vez Chile en la proporción de su país, que haya logrado cifras y datos tan espectaculares. Brasil fue el destino de inversiones, integrante de apertura del célebre BRIC (Brasil, Rusia, India y China) como los mercados emergentes y economías en rápido desarrollo de la última década. Pero pasó, no hay crecimiento eterno ni variables permanentes –que le pregunten a Obama- ni condiciones siempre favorables. Hoy la descomunal y hasta ahora desconocida en detalle inversión para la Copa del Mundo ha provocado ya, no sólo el descontento social, sino también ha acentuado la desaceleración económica.

Y no es que nosotros estemos en jauja pero, como dijo Luis Videgaray, las variables de inflación, reservas y calificación de inversoras internacionales, entre otras, nos colocan hoy a nosotros por encima de Brasil. Le guste al señor Lula o no.

Pero todo esto es para compartir con ustedes el sentimiento que enfrentarán miles de niños y jóvenes mexicanos quienes, como mi hijo de 4 años, iniciarán su afición futbolística con el crudo aprendizaje de que el equipo de su país no alcanza posiciones ni triunfos destacados. A mis ya transitadas edades de la vida, uno puede saber sin confusión que nuestra Selección de Futbol no alcanzará, como tantas otras en el pasado, el emblemático cuarto partido, es decir, la segunda ronda o los octavos de final.

Con decepción y tal vez no poca frustración, mi hijo de cuatro años tendrá que aprender que a pesar del indiscutible ánimo de apoyo y respaldo, de los miles y millones que en México y hasta en Estados Unidos se “ponen la verde” orgullosos y esperanzados, nuestra Selección dejará a todos esos con el “ya merito” de nuestra historia futbolera.

Por años he debatido con colegas de deportes, quienes aseguran que el futbol mexicano está entre los primeros 10 del mundo, incluso alguna vez la FIFA lo catalogó como el 8º a nivel internacional. No es así, lamentablemente.

Las causas del fracaso de nuestro futbol profesional son múltiples y diversas, algunos las ubican en el sistema de equipos y dueños, otros en el dominio que se ejerce de la Federación Mexicana desde los consorcios televisivos, otros más en el modelo de pagos y contratos que pervierte a los jugadores y vaya usted a saber cuántas causas más.

Lo cierto es que no tenemos un equipo sólido, competitivo, armado y trabajado a lo largo de cuatro años, con la constancia de un entrenador, con la disciplina de un equipo técnico. Tenemos y es lo que enviamos a Brasil, un equipo improvisado, sin juego de conjunto, sin estrategia común, con mucho espíritu, eso sí, pero sin técnica, armonía, coordinación. Ya los vimos frente a Portugal y frente a Bosnia. Es lo que hay.

Lamento que a tan temprana edad mi pequeño hijo tenga que aprender a digerir este sentimiento y peor aún, tenga que crecer con él. Ni hablar. Así es la vida.